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Rey Dasaratha

  • Nació: Ayodhya
  • Consorte (1): Reina Kausalya
  • Consorte (2): Reina Kaikeyi
  • Consorte (3): Reina Sumitra

  Descripción:

Dinastía: Iksuaku / Raghu
También conocido como: Rey de Kosala (Kosalapura)

  Observaciones y comentarios:

  • Dasaratha es una reencarnación del sabio Kashyapa
  • Un día cuando Dasaratha era joven, salió a cazar y llegó a orillas del Sarayu buscando diversión. El Sol se había puesto y el rey oyó a lo lejos lo que creyó ser el grito de un elefante salvaje.
    El rey, que era experto en acertar algo invisible sólo con su sonido, lanzó una flecha que fue a parar a un joven ermitaño, Sravana, que estaba llenando una jarra para sus ciegos y ancianos padres.
    El rey, dolorido, descubrió que lo que le había parecido el trompeteo de un elefante había sido el sonido causado por el agua al caer al jarro. Al ermitaño no le importaba su propia muerte, pero estaba preocupado por sus desvalidos padres, que dependían totalmente de él. Entonces, imploró al rey que llevaba el agua a la ermita y les contase a sus padres lo que le había ocurrido.
    El ermitaño murió y el rey hizo lo que le había pedido.
    Los padres de Sravana le pidieron al rey que les llevara donde estaba su hijo muerto, y llenos de agonía maldijeron al rey, diciendo que él también moriría de pena al perder un hijo.
    El rey a la hora de su muerte se acuerda de este incidente.
  • Tulsidas dice:
    [...] Reconociendo al rey Dasaratha y a todas sus compañeras como encarnaciones del mérito y las bendiciones, les presento mi obediencia en pensamiento, palabra y obra.
    Y sabiendo que soy siervo de vuestro hijo, sed bondadosos conmigo.
    El padre y las madres de Sri Rama son la perfección misma de la gloria, y al crearlos, incluso Brahma ha sido exaltado. [...]
    Lord Shiva dice a Uma:
    [...] "Sri Hari tiene dos guardianes favoritos, Jaya y Vijaya, conocidos por todos.
    Por la maldición de unos brahmanes estos hermanos nacieron en la maldita especie de los demonios.
    Uno de ellos se llamaba Hiranyakashipu, y el otro Hiranyaksha.
    Se hicieron famosos en todo el universo como apaciguadores del orgullo de Indra.
    Ambos eran héroes famosos que salían victoriosos de las batallas, El Señor tomó la forma de un oso para matar a uno de los dos hermanos, y luego se encarnó en un Hombre-león para matar al otro, y propagó la justa fama de Su devoto Prahlada.
    Estos dos hermanos volvieron a nacer como los poderosos y valientes Raksasas: Ravana y Kumbhakarna, grandes guerreros que llegaron a vencer a los dioses.
    Aun habiendo sido matados por el Señor, los dos hermanos no alcanzaron la liberación, pues los brahmanes les habían condenado a tres nacimientos.

    Fue por ellos que el Amante de los devotos se encarnó en una ocasión.
    En esa encarnación Kashyapa y Aditi fueron sus padres, conocidos por los nombres de Dasaratha y Kausalya. [...]
    Lord Vishnu dice:
    [...] "No temáis, oh sabios, Siddhas e Indra; por vuestro bien tomaré la forma de un ser humano.
    Naceré en el glorioso linaje solar como ser humano, acompañado de mis otras manifestaciones.
    El sabio Kashyapa y su esposa, Aditi, hicieron grandes penitencias; a ellos ya les he concedido un favor.
    Han aparecido en la ciudad de Ayodhya para gobernar a los hombres en la forma de Dasaratha y Kausalya.
    Yo naceré en su casa, tomando la forma de cuatro hermanos, como es costumbre en el linaje Raghu.
    Cumpliré todo lo que dijo Narada, y descenderé con Mi Energía Suprema.
    Así liberaré a la Tierra de todo su peso; no temáis, oh dioses."
    [...]
    El rey Dasaratha hace un sacrificio para tener hijos:
    [...] Un día, el rey se sentía triste porque no tenía hijo varón.
    Se apresuró al hogar de su maestro, y cayendo a sus pies, le suplicó una y otra vez.
    Contó al Guru todas sus alegrías y penas; el sabio Vasistha le consoló y le dijo:

    "Sé valiente y espera; tendrás cuatro hijos, que serán conocidos en los tres mundos y librarán a los devotos de sus temores".

    Luego, Vasistha llamó al sabio Srngi y le hizo ofrecer un sacrificio por el nacimiento de un hijo del rey.
    Cuando el sabio ofreció las oblaciones al fuego sagrado, apareció el dios fuego con una ofrenda de arroz hervido en leche en su mano. Y el dios fuego dijo:

    "Todo lo que Vasistha te ha dicho, ya se ha cumplido. Recibe esta oblación, oh rey, y divídela en las partes que creas convenientes"

    Entonces el dios fuego desapareció después de explicar a todos los reunidos lo que debían hacer. El rey se sintió arrebatado en éxtasis y no podía contenerse de gozo. Al instante, el rey envió a llamar a sus amadas esposas.

    Cuando Kausalya y las otras reinas llegaron, dio la mitad de la ofrenda a Kausalya y dividió el resto en dos mitades, una de las cuales dio a Kaikeyi.
    El resto fue nuevamente dividido en dos partes que colocó en las manos de Kausalya y Kaikeyi, y después de recibir sus aprobaciones, las entregó a Sumitra.
    De este modo todas las reinas quedaron embarazadas.

    Todas estaban muy contentas, y se sentían muy afortunadas.
    Desde el momento en que Sri Hari penetró en el vientre, la alegría y la prosperidad reinaron en todos los mundos.
    En el palacio brillaban las reinas que eran minas de belleza, virtud y gloria.
    Así felizmente un tiempo, hasta que llegó el día en que el Señor debía revelarse. [...]
    Nacimiento de Sri Rama:
    [...] Cuando Dasaratha se enteró de que le había nacido un hijo, quedó sumergido como en un éxtasis de contemplación de Brahma.
    Con la mente rebosante del más elevado amor y el cuerpo tembloroso de alegría, intentó levantarse, mientras trataba de sobreponerse, y se dijo:
    "El mismo Señor cuyo Nombre trae bendiciones por el simple hecho de escucharlo, ha llegado a mi casa", y este pensamiento llenaba su mente de placer supremo. [...]
    El rey Janaka invita al rey Dasaratha a la boda entre Sri Rama y Sita:
    [...] Los mensajeros de Janaka llegaron al lugar sagrado donde nació Rama y se regocijaron al contemplar aquella divina ciudad.
    Dieron su mensaje a la entrada del palacio real; y al enterarse de su llegada, el rey Dasaratha los llamó a su presencia.
    Con la debida reverencia entregaron la carta, y el rey, lleno de alegría, se levantó para recibirla en persona.

    Mientras la leía las lágrimas se agolpaban en sus ojos; el vello de su cuerpo se crispaba y su corazón se encogía.
    Teniendo a Rama y Lakshmana en su corazón y la valiosa carta en su mano, se quedó mudo y no podía expresar nada, ni bueno ni malo. Luego, serenándose, leyó la carta en voz alta y la corte se regocijo al ver las noticias.

    Al enterarse de lo sucedido en el mismo lugar donde estaba jugando, Bharata vino con sus compañeros de juego y su hermano y con gran modestia y afecto preguntó:
    "Padre, ¿de dónde viene la carta? ¿Cómo están mis dos amados hermanos y en qué país se encuentran?"

    Al oír estas palabras impregnadas de amor, el rey volvió a leer la carta.
    Al oír la carta, los dos hermanos sintieron estremecerse de gozo; todo su cuerpo quería estallar con un exceso de emoción.
    La corte entera estaba complacida al ver el amor puro de Bharata.

    El rey sentó a los mensajeros a su lado y les habló dulcemente:
    "Decidme, amigos, ¿están bien los dos muchachos?
    ¿Lo habéis visto con vuestros propios ojos?
    Uno es moreno y el otro rubio, y van provistos de un arco y una aljaba; son jóvenes y van acompañados del sabio Kausika.
    ¿Les habéis reconocido? Si es así, decidme algo de ellos
    ".

    Rebosante de amor, el rey les preguntaba sin cesar.
    "Desde el día que el sabio se los llevó, sólo hoy he sabido algo real sobre ellos.
    Decidme cómo les pudo conocer el rey Videha."

    Al oír estas palabras cariñosas, los mensajeros sonrieron.
    "Escucha, oh joya de los reyes: no hay nadie tan bendito como tú que tienes por hijos a Rama y Lakshmana, los dos adornos del universo.
    No se necesita preguntar nada sobre tus hijos, que son leones entre los hombres y luz del universo, y ante cuya fama y gloria la Luna palidece y el Sol se enfría.
    ¿Cómo preguntas, señor, cómo les pudimos reconocer? ¿Acaso se coge una lámpara para ver el Sol?

    Con ocasión de la elección del marido de Sita, se habían reunido numerosos príncipes, a cuál más valeroso, pero ninguno pudo sacudir el arco de Sambhu, y todos los héroes poderosos fracasaron.
    El poder de todos los que estaban orgullosos de su valor en los tres mundos fue destruido por él.
    Hasta el demonio Bana, que podía levantar el monte Meru, se sintió descorazonado y se retiró después de andar alrededor del arco, e incluso aquel Ravana que levantó el Monte Kailasa fue burlado en esa asamblea.
    En esta ocasión, oh gran rey, Sri Rama, joya de la raza Raghu, rompió el arco sin el menor esfuerzo, igual que un elefante rompería el tallo de un loto.
    Al oír la noticia vino el jefe de los Bhrgus lleno de furia.
    Pero ante la fuerza de Sri Rama le ofreció el arco, y después de mucho suplicar, se retiró a los bosques.

    Igual que Rama, oh rey, tiene una fuerza inigualable, Lakshmana es una mina de gloria, y al verlo los reyes tiemblan como elefantes al contemplar un joven león.
    Ahora que hemos visto a tus dos hijos, mi señor, nadie más nos puede atraer."

    Las palabras elocuentes de los mensajeros, llenas de amor, florificantes y expresivas del heroísmo, cautivaron a todos.
    El rey y toda su corte estaban maravillados y comenzaron a ofrecer abundantes regalos a los mensajeros.
    Pero ellos, cerraron sus oídos y protestaban gritando: "Esto es injusto!"
    Todos estaban deleitados al ver su sentido de la justicia.

    Entonces el rey se levantó y acercándose a Vasistha le dio la carta, y llamando a los mensajeros, con la debida cortesía relataron la historia a su maestro. El Guru se sintió muy satisfecho al oír las noticias y dijo:
    "Para el hombre virtuoso, el mundo está lleno de felicidad.
    Como los ríos corren hacia el mar, aunque éste no lo desea, la alegría y la prosperidad vienen sin ser esperadas al alma piadosa.
    Del mismo modo que tú te entregas al servicio de tu maestro, de los brahmanes, vacas y dioses, la Reina Kausalya tiene también su propia devoción.
    Nunca ha habido, no hay ni habrá en el mundo alma tan piadosa como la tuya.
    Quién puede haber tan afortunado como tú, oh rey, que tienes un hijo como Rama, siendo los tres restantes valientes, obedientes, consecuentes con su voto de piedad, y océanos de bondad.
    Realmente eres bendito para siempre, así pues, prepara la procesión de la boda con el resonar de los timbales.
    Y hazlo rápidamente."

    Al oír estas palabras de su maestro, el rey se postró y dijo: "¡Muy bien, mi señor!"
    Y tras hospedar a los mensajeros, regresó a su palacio.

    Luego el rey llamó a todas las damas del gineceo y leyó en voz alta la carta de Janaka.
    Todas se regocijaron al oír el mensaje y el rey mismo relató todo lo que había oído de labios de los mensajeros.
    Llenas de emoción, las reinas brillaban como pavos reales con el retumbar de las nubes. [...]
    Tras el casamiento de Sri Rama con Sita y estando de regreso en Ayodhya, el rey Dasaratha decide nombrar regente a su hijo mayor:
    [...] Todos tenían el mismo deseo en su corazón y rogaban al gran Señor Shiva: "Que el rey en vida nombre a Sri Rama regente".
    Un día el jefe de los Raghus estaba reunido con toda su corte.
    Siendo él mismo personificación de todas las virtudes, el rey disfrutaba al oír la buena fama de Sri Rama.
    Todos los monarcas le pedían ayuda, y todos los vigilantes del mundo cultivaban su amistad y respetaban sus deseos.
    En las tres esferas del universo y en todo tiempo -pasado, presente o futuro-, nadie había sido tan bendecido como Dasaratha.

    Cualquier cosa que se diga de aquel que tuvo por hijo a Rama, raíz de la dicha, es lejana a la verdad.

    Un día el rey se miró en un espejo y se puso la corona derecha.
    Y vio que su pelo se estaba volviendo gris, y parecía que la vejez estuviera murmurando en sus oídos: "Oh rey, haz regente a Rama y así cumple el fin de tu vida y tu nacimiento en este mundo".

    Con esta idea en la mente y esperando una buena oportunidad, el rey se lo comunicó a su Guru Vasistha temblando de emoción y lleno de éxtasis.

    El rey dijo:
    "Escucha, jefe de los sabios: Rama es ya un hombre maduro. Siervos, ministros y todos los ciudadanos, enemigos y amigos lo quieren tanto como yo. Parece que tu misma bendición se ha encarnado en su preciosa forma. Todos los brahmanes y sus familias alientan el mismo amor por que tú. Los que se frotan la cabeza con el polvo de los pies de su Guru consiguen toda la fortuna existente. Nadie ha conseguido tanta como yo, yo lo he obtenido todo adorando el polvo santo de tus pies. Ahora sólo queda un anhelo en mi corazón y sé que por tu gracia también se realizará, mi Señor".

    El sabio quedó complacido al observar Su natural devoción y dijo:
    "Oh rey, ordéname lo que quieras".
    Oh rey, tú mismo nombre y gloria tienen poder de conceder todos los deseos.
    El objeto de tu deseo, oh joya de las montañas, se cumple antes de que lo formules."

    El rey se sintió tranquilo al ver que el Guru estaba dispuesto a complacerle, y le dijo:
    "Mi señor, haz que Rama sea investido con los poderes reales; dame la orden para que se pongan en marcha los preparativos necesarios.
    Permite que este feliz suceso tenga lugar en vida mía para que todos puedan ser testigos de él.
    Por la bendición del Señor, Shiva ha permitido que todo sea suave; éste es el único anhelo que hay en mi mente.
    Luego ya no me preocupará si este cuerpo sobrevive o no"
    .

    El sabio quedó agradado al oír estas palabras de Dasaratha, fuente misma de gozo y felicidad.
    Y dijo: "Escucha, rey: la enemistad con Sri Rama trae el arrepentimiento, mientras que la adoración a Él es la única forma de aliviar el sufrimiento del corazón; Él está presente dondequiera que hay amor puro; y este mismo Señor Rama ha nacido como hijo tuyo.
    Oh rey, no dejes pasar más tiempo, y haz todos los preparativos.
    El día en que Rama sea proclamado regente será un día auspicioso y lleno de bendiciones."

    El rey regresó jubiloso a palacio y reunió a sus siervos y consejeros incluido Sumantra.
    Todos se postraron diciendo: "Victoria a ti; que vivas largo tiempo", y el rey les hizo la propuesta más hermosa que sus oídos pudieron escuchar.
    Y les dijo: "Si esta propuesta es del agrado de todos, deseo que Sri Rama ocupe el trono".

    Los consejeros se alegraron al oírlo, pues eran palabras que habían regado la pequeña planta de su deseo.
    Y los ministros le dijeron con las manos juntas:
    "Que sigas viviendo millones de años, oh soberano del mundo.
    Has concebido un plan que es fuente de felicidad para el mundo entero; así pues, señor, apresúrate y no pierdas tiempo".

    El rey oyó con gusto las palabras de sus ministros, como si una joven enredadera hubiera obtenido el apoyo de una fuerte rama.
    El rey dijo: "Todas las órdenes que el gran sabio Vasistha se complazca en darnos para la coronación de Sri Rama deben ser ejecutadas sin tardanza". [...]
    Influenciada por la malvada doncella Manthara, Kaikeyi reclama a Dasaratha dos dones que él le había prometido tiempo atrás:
    [...] Al atardecer el rey visitó alegremente el palacio de Kaikeyi: parecía que el amor encarnado hubiera visitado la maldad personificada.
    El rey quedó paralizado cuando oyó hablar de la habitación de las disputas donde estaba la reina.
    Sus pies no querían avanzar por temor.

    Aquél bajo cuyo brazo poderoso moraba seguro el Señor de los cielos y cuya buena voluntad era siempre admirada por todos los gobernadores, quedó atemorizado al enterarse de la ira de su esposa: ¡Fijaos en la fuerza y el poder del amor sexual!
    Hasta aquellos que han esquivado o soportado los golpes de la espada, el trueno o la flecha han sido destruidos por las flechas floridas del señor de Rati.

    El rey se acercó tímidamente a su amada reina y se apenó terriblemente al percibir su ánimo.
    Estaba echada en el suelo con ropas viejas y ordinarias, habiéndose despojado de todos los ornamentos de su persona.
    Sus vestiduras parecían pronosticar su viudedad. Aproximándose más a ella, el rey le preguntó con dulzura:
    "Por qué estás irritada, ¿deleite de mi alma?"
    Y cuando el rey la acarició para consolarla, Kaikeyi apartó su mano y le lanzó una mirada furiosa como la de una serpiente que tenía por lengua bifurcada los dos deseos, antes mencionados, de su corazón y por colmillos los dones que el rey le había prometido.

    Pero el rey creyó que todo era un juego amoroso.
    Y le decía una y otra vez:
    "Dime cual es el motivo de tu enfado, oh dama de rostro hermoso y ojos brillantes, de voz melodiosa como la del cuco y paso parecido al del elefante.
    ¿Quién te ha hecho daño? ¿Quién ha arriesgado su cabeza hasta tal punto?
    Dime a qué mendigo debería exaltar y hacer rey, y a qué monarca debo despojar de su reino.
    Podría matar hasta un inmortal si fuese tu enemigo: ¿qué no haré a simples hombres y mujeres que no son más que gusanos?
    Tú conoces mis sentimientos, hermosa doncella, mi mente está enamorada de tu cara como el pájaro Chakora de la Luna. Amada mía, mi pueblo, mi familia y todo lo que poseo, mis hijos y mi propia vida están a tu disposición.
    Si te digo algo y no soy sincero, sería tan culpable como de jurar en falso por Rama un ciento de veces.
    Pide sin temor lo que te plazca y cúbrete de joyas.
    Date cuenta de que éste no es el momento oportuno para esos atavíos"

    Al oír esto, y pensando en el juramento, la estúpida Kaikeyi se levantó sonriente y empezó a adornarse; parecía como si una cazadora estuviera preparando la trampa de un ciervo.
    Creyendo que estaba ya reconciliada, el rey le habló de nuevo, temblando de emoción:
    "El deseo de tu corazón, oh buena señora, ya está cumplido, todos los hogares de la ciudad son moradas de gozo.
    Mañana Rama será el príncipe regente; por ello, dama de ojos brillantes, ponte vestidos de fiesta".


    El corazón de la reina, aunque era duro, se quebró al oír estas palabras, como si una llaga ulcerada hubiera sido tocada sin cuidado. Pero escondió este sufrimiento bajo el disfraz de una sonrisa, igual que la esposa del ladrón no llora abiertamente, al ver que su marido es castigado por si ella es obligada a padecer del mismo modo.
    El rey no podía percibir sus perversos planes, ya que ella había sido enseñada por un maestro que destacaba notablemente entre los más villanos.
    Y aunque el rey era muy sabio en los asuntos de estado, el comportamiento de una mujer era para él como un océano insondable.
    Y de nuevo, haciendo gala de un cariño falso, dijo sonriendo y moviendo con gracia la cara y los ojos:
    "Siempre me dices: Pide, pide; pero en realidad no me das nada. Me prometiste dos cosas, pero dudo si las conseguiré."

    "Ya comprendo todo el misterio -dijo el rey sonriendo- te gusta mucho enfadarte.
    Siempre guardaste estos dones en reserva y nunca los pediste: y yo por mi parte los olvidé completamente, pues soy despistado por naturaleza.
    No me culpes ahora, puedes pedir cuatro cosas en lugar de dos, si lo deseas.
    Siempre ha sido ley en la raza Raghu que la palabra que uno da debe ser cumplida aunque nos cueste la vida.
    Ni una multitud de pecados puede compararse con una mentira. ¿Pueden compararse con una montaña millones de semillas?
    La veracidad es la raíz de todas las virtudes, como bien dicen los Vedas y Puranas y como ha declarado Manu.
    Y sobre todo he jurado inconscientemente por Rama, Señor de los Raghus, que es la perfección misma de la virtud y la más alta personificación del Amor".


    Después de atarle así a su palabra, la malvada reina dijo sonriendo, como descubriendo su plan de halcón:
    "Escucha, amado señor, lo que desea mi corazón; como primer don, garantízame la instalación de Bharata como príncipe regente de Ayodhya.
    Y como segundo don, te pido con toda mi alma que Rama viva en los bosques durante catorce años vestido de ermitaño y completamente desapegado del mundo."

    El rey se llenó de tristeza al oír estas dulces palabras igual que el pájaro Chakravaka sufre al tocarle un rayo de luna.
    Sintió que se desmayaba y no podía decir palabra.
    El rey quedó totalmente pálido como una palmera alumbrada por el relámpago; llevándose las manos a la frente y cerrando los ojos, comenzó a lamentarse como si fuera la Pena en persona.

    "El árbol celestial de mi deseo, que había florecido, ha sido destruido de raíz por Kaikeyi, justo cuando estaba a punto de dar fruto.
    Ella ha desolado Ayodhya y ha puesto los cimientos de la desgracia eterna.
    Algo desfavorable ha ocurrido en un momento inmejorable; y estoy condenado al poner mi confianza en una mujer como un esforzado Yogui que se deja llevar por la necedad en el preciso momento en que su práctica iba a darle el fruto de la realización."

    El rey se lamentaba así en su interior. Al ver su mala condición, la reina refunfuñó y dijo:
    "¿Acaso Bharata no es hijo tuyo? ¿Me has comprado teniendo en cuenta el dinero?
    Si mis palabras te atraviesan como flechas cuando entran en tus oídos, ¿por qué no haces tus promesas después de pensarlo bien? Acepta mi propuesta o recházala. Tú siempre cumples tus promesas.
    Rechaza los favores que me prometiste; abandona la verdad y fomenta la infamia en el mundo.
    Alabando la verdad me prometiste dos dones imaginando que yo pediría un puñado de granos.
    Sibi, Dadhichi y Bali cumplieron su palabra a costa de su propia vida y posesiones".

    De este modo Kaikeyi pronunció palabras punzantes como si echara sal al fuego.
    Ejemplo de justicia, el rey reunió valor y abrió los ojos, y suspiró:
    "Me ha atravesado mi punto más vital".

    Y vio a la reina ante él encendida de rabia, como si fuera la espada misma de la Furia sacada de su vaina.
    El rey vio que esa espada era temible e inflexible, y pensó: "Va a llevarse mi vida?"

    Luego, endureciendo su corazón, le habló en términos cariñosos:
    "Querida, ¿por qué dices estas palabras tan apropiadas, olvidando toda tu confianza y cariño por mí?
    Bharata y Rama son mis dos ojos. Lo digo poniendo a Sankara por testigo.
    Enviaré un mensajero al amanecer, y los dos hermanos, Bharata y Satrughna, acudirán al instante.
    Luego, después de elegir un buen día y hacer todos los preparativos concederé el reino a Bharata con toda solemnidad.
    Rama no pretende alcanzar la soberanía y ama mucho a Bharata.
    Yo iba a seguir la costumbre que hay cuando los príncipes son varios, considerando quién era mayor de los dos.
    Y te digo con sinceridad, y te lo juro por Rama, que su madre, Kausalya, nunca me dijo nada al respecto.
    Yo lo preparé todo sin consultarte a ti y por ello mi deseo no se ha cumplido.
    Ahora olvida tu enfado y ponte vestiduras de fiesta; en unos días Bharata será príncipe regente.
    Sólo una cosa me hace sufrir: el segundo favor que me pides es bastante absurdo.
    Mi corazón todavía arde con el dolor que me ha producido.
    ¿Se trata de una broma o es todo verdad?
    Dime con la mente serena qué falta ha cometido Rama; todos dicen que su comportamiento es intachable.
    Tú también hablabas bien de él y le amabas. Al oír lo que me pides, empiezo a dudar de que tu amor fuese auténtico.
    ¿Cómo podría aquel que ama, incluso a su enemigo, actuar contra la voluntad de su propia madre?
    No te burles ni te enojes más, querida.
    Haz una petición razonable para que mis ojos puedan deleitarse al ver la entronización de Bharata.
    El pez puede llegar a vivir sin agua y la serpiente puede arrastrar una existencia miserable sin llevar la gema en su cabeza.
    Pero en verdad te digo que yo no puedo vivir sin Rama.
    Estate segura, querida, que mi existencia misma depende de la contemplación de Sri Rama".


    Al oír estas dulces palabras la malvada reina se encendió como el fuego sobre el que cae mantequilla purificada.
    Y dijo: "Puedes poner en práctica todos tus recursos, pero tus estratagemas no servirán de nada conmigo.
    Si no haces lo que te pido, ganarás muy mala reputación; a mí no me gustan las artimañas.
    Rama es virtuoso; tú también eres virtuoso y sabio, y no menos virtuosa es la madre de Rama: yo os conozco a todos, y pagaré con una venganza el bien que ella me ha querido hacer.
    Si Rama no se retira a los bosques vistiéndose de ermitaño en cuanto amanezca, el resultado será mi muerte y tu mala reputación; tenlo presente, oh rey."

    Diciendo esto, la perversa mujer se levantó como si fuera un escandaloso río de pasión nacido de la montaña del pecado y que, desbordante con el agua de la ira, tenía un aspecto terrible.
    Los dos dones que había pedido eran como las dos orillas de ese río, su obstinación era como la rápida corriente y la fuerza impulsora de las palabras de Manthara parecían los remolinos del río; llevándose con la corriente al rey como si fuera un árbol, el río se dirigía hacia el océano de la desgracia.

    Ahora el rey se daba cuenta de que la petición de la reina no era broma y que la muerte misma se cernía sobre su cabeza, disfrazada de esposa suya.
    Tomando sus pies, el rey le pidió que se sentara, y le imploró así:
    "No uses el hacha con la raza solar. Pídeme mi propia cabeza y te la daré, pero no me mates apartándome de Rama.
    Deja que se quede, o tu seno arderá de dolor toda tu vida".

    Cuando el rey vio que su maldad era irreparable, cayó al suelo golpeándose la cabeza y sollozando amargamente:
    "¡Rama, oh Rama, Señor de los Raghus!"

    El rey estaba invadido por la tristeza, y su cuerpo caía sin fuerzas; parecía un árbol tirado por una elefanta.
    Tenía la garganta seca y no podía articular palabra. Se sentía miserable como un pez fuera del agua.
    Kaikeyi se dirigió a él una vez más con palabras duras y punzantes, como inyectando veneno en su herida:
    "Si era esto lo que ibas a hacer al final, ¿cómo te atreviste a decir: pide, pide?
    ¿Pueden suceder las dos cosas al mismo tiempo -oh soberano de la Tierra- soltar una carcajada y estar serio, o tener fama de ser generoso y ser un tacaño?
    ¿Es posible permanecer intocable cuando se es un héroe?
    Retira tu palabra o cúmplela, pero no te lamentes como una mujer.
    La vida, la mujer y los hijos, el hogar, la riqueza y la tierra no tienen más valor que una paja para aquel que es fiel a su palabra".

    Al ver esto, el rey exclamó:
    "Di lo que quieras. No se te puede culpar.
    Es mi destino el que te ha poseído como un demonio y te está usando como marioneta.
    Bharata nunca codiciaría la soberanía, ni siquiera inconscientemente. Pero a causa del destino la maldad se ha apoderado de tu mente.
    Todo es resultado de mis pecados, y debido a ellos, la marea se ha levantado contra mí en un mal momento.
    La hermosa Ayodhya florecerá de nuevo bajo la soberanía de Rama, morada de toda virtud. Todos sus hermanos le servirán y su fama se extenderá por las tres esferas de la creación.
    La mancha de tu reputación y mi remordimiento no desaparecerán ni después de tu muerte y nunca se irán.
    Ahora haz lo que te plazca; sólo te pido que te mantengas fuera de mi vista, y te ruego que mientras viva no me vuelvas a dirigir la palabra.
    Al final te arrepentirás, mujer desgraciada, de haber matado una vaca sólo para destriparla".

    Discutiendo así con ella, el rey seguía en el suelo llorando: Por qué traes la desgracia a todos?"

    Pero, maestra en ardides, la reina no decía nada como si estuviera ocupada en ritos mágicos en un crematorio para controlar a los espíritus
    Con el corazón roto el rey repetía sin cesar la palabra "Rama" y se sentía miserable como un pájaro al que le han cortado las alas.
    Y rogaba dentro de sí: "Que el Sol no salga hoy y que nadie se lo diga a Rama. No te levantes, dios-sol, progenitor de la raza Raghu, pues sufrirás al ver la suerte de Ayodhya".

    El amor del rey y la inquietud de Kaikeyi eran indescriptibles.
    Estando el rey lamentándose todavía, el día rompió, y a su puerta se oía la música de flautas y conchas.
    Bardos y juglares cantaban sus alabanzas; pero para el rey eran como dardos que atravesaban su corazón.
    Estas muestras de regocijo no eran de su agrado, al igual que los adornos repugnan a la viuda que decide acompañar a su difunto marido al otro mundo.
    Nadie pudo pegar ojo aquella noche pues todos anhelaban ver a Sri Rama.
    A su puerta esperaba una multitud de siervos y ministros que se decían al ver que el Sol ya había salido:
    "El Señor de Ayodhya todavía no ha despertado, ¿qué le pasará?.
    El rey suele despertar siempre a última hora de la noche; su comportamiento es muy extraño hoy.
    Entra al palacio, Sumantra, y despiértale, para que al recibir sus órdenes nos podamos poner a trabajar."

    Sumantra entró en el gineceo pero encontró un panorama tan desolador que tenía miedo de seguir adelante.
    Parecía que un monstruo se le iba a echar encima a devorarle.
    Como nadie respondía a sus preguntas, se dirigió al aposento donde estaban el rey y la reina Kaikeyi.
    Y saludando al rey y postrando su cabeza, se sentó.

    Sumantra palideció al ver el estado del rey que yacía en el suelo dominado por el dolor y pálido como el tallo de un loto cortado de su raíz.
    Como el ministro estaba demasiado alarmado para hacer preguntas, fue Kaikeyi quien, llena de mal y vacía de bien, rompió el silencio.

    "El rey no pudo dormir anoche; sólo el cielo sabe por qué.
    Ha estado repitiendo 'Rama, Rama' hasta el amanecer y no quiere confesar su secreto.
    Así pues, ve a buscar a Rama y tráele pronto; y cuando vuelvas, podrás preguntar sobre otros detalles."

    Juzgando por su mirada que el rey aprobaba la idea, Sumantra se fue con la conclusión de que la reina había concebido algún plan maligno.
    Se sentía tan preocupado que las piernas no obedecían, y se preguntaba: "¿Qué dirá el rey a Rama?"
    Recobrando la calma acudió a la verja, y al verle tan desconsolado, todos le empezaron a preguntar.
    Pero él los tranquilizó y siguió hasta el aposento donde se encontraba la Joya de la raza solar, Sri Rama. Sri Rama, al ver a Sumantra, le recibió con todo honor, tratándole como a su propio padre.
    Mirándole a la cara, Sumantra le comunicó el mandato real y regresó con la Luz de la raza Raghu, Sri Rama.

    Sri Rama seguía al ministro de una forma inapropiada, y la gente se apenaba al verlo así.
    La Joya de la raza Raghu fue a ver al rey de una manera totalmente miserable, como un elefante viejo que se ha desmayado de terror al ver a una leona. Sus labios se secaron y todo su cuerpo ardía. Parecía una pobre serpiente despojada de su gema.

    El Señor vio junto a su padre a la enfurecida Kaikeyi, que parecía la Muerte personificada contando los últimos minutos de su vida.
    Sri Rama era de naturaleza compasiva y dulce; por primera vez en Su vida era testigo de algo doloroso. Pero, serenándose como exigía la ocasión, se dirigió a la reina con estas cariñosas palabras:
    "Dime, querida madre, cuál es la causa de que mi padre sufra para que yo pueda hacer algo por él".

    "Escucha, Rama, la única razón es ésta: el rey te ama mucho.
    Ha prometido concederme dos favores y yo le he pedido lo que quería.
    Pero el rey, al oír mis peticiones, se llenó de tristeza, pues no puede apartar de sí la duda que le atormenta.
    El rey está en medio de un dilema: por un lado, el amor por su hijo, y por otro, lo que ha prometido.
    Obedece su orden, si puedes, y libérale de la tortura de su mente."

    Kaikeyi habló sin vacilar estas palabras punzantes, cuya misma dureza era difícil de soportar.
    Con un arco por lengua, palabras como dardos y el rey como una delicada diana, la maldad de la reina no conocía límites.
    Después de comunicar lo sucedido al Señor de los Raghus, Sri Rama, Kaikeyi parecía una mujer de piedra.
    El Sol de la dinastía solar, Sri Rama, fuente natural de la alegría, sonreía dentro de sí y comenzó a y hablar dulcemente a su madre: "Escucha, madre: sólo es bendito el hijo que obedece las palabras de sus padres.
    Es raro encontrar un hijo así en este mundo, madre.
    En el bosque tendré más oportunidades de conocer ermitaños que me servirán de gran ayuda.
    Además es orden de mi padre, y tú también lo apruebas, madre.

    Bharata, a quien quiero como a mi vida, tendrá la soberanía: Dios me es propicio en todo.
    Si rehúso ir a los bosques, aunque sea bajo estas circunstancias, se me consideraría el mayor de los locos.
    Los que alimentan una planta de aceite de ricino, abandonando el árbol del paraíso, y toman veneno en lugar de néctar, tampoco perderían una oportunidad como ésta si la tuvieran: date cuenta de esto, madre.

    Sólo me entristece una cosa; me duele ver al rey tan desolado.
    Se me hace difícil de creer que mi padre esté tan apenado por una cuestión tan trivial.
    El rey tiene un corazón fuerte y su bondad es profunda como el océano.
    Debo haber cometido alguna ofensa grande para que el rey no me hable. Te ruego, por tanto, que me digas la verdad."


    Las palabras de Sri Rama eran inocentes y directas, pero la perversa Kaikeyi les dio un malicioso giro. El puerro debe moverse siempre oblicuamente, aunque el agua en la que esté tenga una superficie lisa.

    La reina se alegró al ver que Sri Rama aceptaba su propuesta y dijo con una muestra falsa de afecto:
    "Juro por ti y Bharata que no hay ninguna otra razón para que el rey esté afligido.
    Casi no eres capaz de ofender a nadie, querido hijo, fuente de gozo como eres para tus padres y hermanos.
    Lo que dices es verdad; eres fiel a las palabras de tu padre y tu madre.
    Te ruego que le pidas a tu padre que no incurra en el oprobio en la vejez de su vida.
    No le conviene abandonar las virtudes que le han hecho tener un hijo como tú".

    Estas amables palabras adornaban su boca detestable como los lugares sagrados como Gaya embellecen la tierra maldita de Magadha.
    Estas palabras de su co-madre eran agradables para Rama como las aguas de todas clases se purifican al desembocar en el santo Ganges.

    El rey volvió a ser consciente y recordó a Rama, Sumantra le informó de la llegada de Sri Rama y se inclinó a él humildemente.
    Al oír que Sri Rama había venido, el rey se calmó y abrió los ojos.
    El ministro ayudó a su soberano a sentarse y éste vio que Rama caía a sus pies.
    Rebosante de emoción, el rey lo estrechó contra su pecho como si una serpiente hubiera recobrado su gema perdida.
    El monarca seguía contemplando a Sri Rama y un torrente de lágrimas salía de sus ojos.
    No podía decir nada y abrazaba al príncipe con todas sus fuerzas.
    Y en su interior pedía a Dios que el Señor de los Raghus, Sri Rama, no pudiera ir a los bosques.
    Invocando al poderoso Señor Shiva, le suplicaba así:
    "Escucha una plegaria, oh dicho señor. Complaciente y generoso como eres, libérame de mi aflicción.
    "Ya que moras en el corazón de todos; inspira a Rama para que se quede en casa y olvide todo sentido de la propiedad y amor filial.
    "Haz que la mala reputación sea mi destino y que mi buen nombre perezca.
    Desearía estar condenado a la perdición.
    Preséntame toda clase de dificultades, pero que Rama no se vaya de mi vista."

    El rey pedía así en su corazón, pero no despegaba los labios, su mente temblaba como la hoja del chopo.

    Viendo que Su padre estaba dormido por la emoción y que la madre Kaikeyi iba a hablar de nuevo, el Señor de los Raghus, Sri Rama, habló humildemente, según lo requería el lugar, el momento y la circunstancia, y dijo:

    "Querido padre, me voy a atrever a pedirte algo: por favor, perdona mi ignorancia pues sabes que soy joven.
    Has sufrido por algo que no tiene importancia, y la pena es que nadie me lo haya contado antes.
    Cuando te vi, pregunté a Kaikeyi y me he consolado al oír lo que me ha dicho.
    No estés triste en estos momentos de gozo, querido padre, y ordéname lo que desees."

    Al decir esto, el Señor sintió un estremecimiento de gozo por todo su cuerpo.

    "Bendita es la venida a la Tierra de aquel cuyo padre se regocija al oír hablar de él.
    Él tiene en su mano las cuatro recompensas de la vida, y sus padres son para él lo más querido.
    Después de llevar a cabo tu orden y de obtener la recompensa de mi vida, volveré a ti, así que no dudes en mandarme.
    Mientras tanto me despediré de mi madre Kausalya. Y tras arrojarme una vez más a tus pies, me iré a los bosques."


    Así habló Sri Rama, y luego partió. Y el rey estaba demasiado triste para responderle nada. [...]
    Tras dejar a Sri Rama, Sita y Lakshmana en los bosques, el ministro Sumantra regresa con un mensaje para Dasaratha:
    [...] Al oír la llegada del ministro, todo el gineceo estaba intranquilo.
    Las reinas le preguntaban llenas de dolor, pero él no contestaba, pues no tenía voz para hablar.
    Sus oídos no escuchaban y sus ojos no veían; y preguntaba a todos: "Decidme, ¿dónde está el rey?"
    Al ver su confusión, las doncellas le condujeron a los aposentos de Kausalya.
    Al llegar allí, Sumantra encontró al rey tan pálido y falto de brillo como la Luna sin néctar.
    Sin asiento, lecho ni ornamentos, yacía en el suelo en un estado deplorable.
    Suspirando se lamentaba igual que Yayati después de caer de la morada de los dioses.
    Con el corazón cargado de tristeza parecía Sampati que había caído de los cielos por habérsele cortado las alas.
    Y siendo gran amante de Rama, gritaba: "¡Rama, Rama!", y luego "Rama, Lakshmana, Sita!"

    El ministro al ver al rey, exclamó:
    "¡Que la victoria te acompañe siempre y tengas larga vida!", y se postró ante él.
    Al oírle, el rey se levantó sobresaltado y dijo: "Dime, Sumantra, ¿dónde está Rama?"

    El rey abrazaba a Sumantra como si se estuviera ahogando y necesitara ayuda.
    Sentándole a su lado y llorando sin parar, el rey le preguntó:
    "Dime cómo está Rama, oh amigo querido, ¿dónde están Rama, Lakshmana y Sita?
    ¿Han venido contigo o se han quedado en el bosque?"


    Al oír esto, las lágrimas acudieron a los ojos del ministro. Y el rey le volvía a decir:
    "Dime lo que sepas de Sita, Rama y Lakshmana".

    Recordando la belleza, virtudes y amabilidad de Sri Rama, el rey se apenaba más y más y pensaba : "Después de proclamar mi intención de entronizarle, le exilié a los bosques, pero esto no alegró ni entristeció a su alma.
    Sin embargo, mi vida no me dejó aunque tuve que separarme de mi hijo. ¿Puede haber un pecador mayor que yo?
    Llévame donde están Rama, Sita y Lakshmana. Si no lo haces, te digo sinceramente que pronto moriré."


    Y el rey repetía al ministro una y otra vez: "Haz algo para traer ante mis ojos a Rama, Lakshmana y Sita".

    Recobrando el ánimo, el ministro replicó:
    "Vuestra Majestad es fuente de sabiduría.
    Eres el jefe de los hombres valientes, mi señor, y siempre has asistido a las asambleas de los santos.
    Nacimiento y muerte, todas las experiencias dolorosas y placenteras, pérdida y ganancia, la unión y separación de los amigos, todas estas cosas, mi señor, se suceden según las leyes inalterables del tiempo y el destino, igual que la sucesión del día y la noche.
    Los ignorantes se regocijan en la prosperidad y se lamentan en la adversidad, pero para los sabios todo es igual.
    Por tanto, sigue tu sabio juicio, anímate y cesa de sufrir, oh amigo de todos.

    Hicieron su primera parada a orillas del Tamasa, y la siguiente en la ribera del río celestial Ganges.
    Después de bañarse y beber agua, Sita y los dos hermanos ayunaron ese día.
    Los Nisadas fueron muy hospitalarios, y pasaron aquella noche en el pueblo de Singraur.
    Al amanecer fueron a buscar leche del árbol banyan y los dos hermanos se peinaron el cabello en forma de corona.
    Luego el amigo de Rama, Guha, trajo un bote y Rama, después de ayudar a embarcar a Sita, se despidió de todos.
    Lakshmana colocó los dos arcos y aljabas en el bote y luego subió él por orden del Señor.
    Al ver mi tristeza, el Héroe de los Raghus reunió valor y me dijo con dulzura:
    "Presenta mi obediencia a mi querido padre, y coge sus pies de loto en tus manos.
    Luego postrándote, comunícale esto:
    'Padre, no estés preocupado por mí. Por tu gracia y bondad, y como recompensa a tus actos meritorios, mi viaje y estancia en el bosque serán dichosos y llenos de bendiciones.
    Por tu gracia, tendré toda clase de comodidades y después de obedecer tus órdenes volveré sano y salvo para contemplar tus pies de loto de nuevo'.
    Consuela también a mis madres y cae a sus pies repetidas veces. Y con súplicas y todo tu esfuerzo haz que el señor de Ayodhya, mi padre, viva felizmente.

    Tomando los pies de loto de mi preceptor, dale mi mensaje: 'Te ruego que confortes al señor de Ayodhya para que no siga sufriendo por mí'.

    Acércate humildemente a todo mi pueblo, y comunícale mis palabras: 'Sólo es mi amigo siempre aquel que procura la felicidad del rey'.

    Y cuando llegue Bharata dale mi mensaje: 'No abandones el camino de la rectitud al tomar el cargo de Regente. Cuida de tus súbditos en pensamiento, palabra y obra, y sirve a tus madres, tratándolas a todas por igual. Muestra tu amor de hermano hasta el último día sirviendo a nuestros padres y familiares. Y por último cuida del rey de tal forma que nunca esté triste por mí'.


    Entonces Lakshmana intervino con unas palabras muy severas, pero Rama me suplicó que no mencionara a su querido padre las ocurrencias infantiles de Lakshmana.

    Mandando saludos, Sita abrió los labios para decir algo, pero estaba demasiado emocionada.
    Entonces en respuesta a la señal del Rey de los Raghus, el barquero comenzó a remar hacia la otra orilla.
    Y yo me quedé mirando a Rama con un gran peso en el corazón.
    ¿Cómo puedo describir la angustia que siento por haber vuelto vivo trayendo el mensaje de Rama?".

    En ese momento Sumantra ya no podía hablar, abatido por el dolor de la separación de Sri Rama.
    En cuanto el rey oyó las palabras del carrocero, cayó al suelo, con el corazón ardiente de dolor.
    Y se agitaba como un pez embriagado por chupar la espuma del agua de las primeras lluvias que intoxica a los peces.
    Todas las reinas se lamentaban y lloraban, ¿cómo se podría describir su gran desgracia?
    Ayodhya se hallaba en gran tumulto con el sonido de los lloros que salían del gineceo real; parecía que un trueno hubiera caído de noche en una guarida de pájaros.
    El aliento del rey se había paralizado en su garganta.
    Todos sus sentidos se nublaron como un grupo de lotos que se hubieran quedado sin agua.
    Cuando Kausalya vio al rey en tan lamentable estado, pensó que el sol de la raza solar estaba a punto de desaparecer.

    Y reuniendo todo su valor, la madre de Sri Rama le dirigió estas palabras, muy apropiadas para esa ocasión:
    "Calma tu corazón, mi señor, y piensa que la separación de Rama es como un vasto océano.
    Tú eres el barquero, y Ayodhya el bote en el que navegamos todos tus familiares y seres queridos.
    Sólo si tienes paciencia llegaremos a la otra orilla. Si no, toda la familia se ahogará.
    Si tienes en cuenta esta súplica mía, amado señor, podremos ver a Rama, Lakshmana y Sita de nuevo".

    Al oír a su amada reina, el rey abrió los ojos y miró hacia arriba como un pez moribundo que hubiera sido rociado con agua fría.
    Recobrándose, el rey se levantó del suelo y se sentó, y dijo:
    "Dime, Sumantra, ¿dónde está mi gracioso Rama? ¿Dónde están Lakshmana y mi amado Rama? ¿Dónde está mi amada hija Videha?"

    El monarca se lamentaba sin cesar; la noche le parecía como toda una era interminable.
    Recordó la maldición del ermitaño ciego y le contó la historia a Kausalya.
    Mientras le narraba las circunstancias sufría indeciblemente.
    "No puedo esperar sobrevivir sin Rama. ¿Qué ganaré con mantener vivo este cuerpo que no ha sabido mantener mi promesa de amor? Oh, deleite de los Raghus, querido para mí como la vida, ya he vivido demasiado tiempo sin ti. Oh, Rey de los Raghus, que alegrabas el corazón de tu padre como una nube de lluvia deleita al pájaro chataka".

    Gritando una y otra vez: "¡Rama, Rama!", el rey se despojó de su cuerpo en medio de aquella agonía que sentía por estar separado del Rey de los Raghus, y de este modo ascendió a la morada los dioses.

    El rey Dasaratha obtuvo así la recompensa de su vida y de su muerte.
    Su intachable fama se extendió por muchos universos; mientras vivió, contemplo el rostro de luna de Sri Rama, y al morir alcanzó la gloria, poniendo por motivo su separación de él.
    Abatidas por el dolor, las reinas lloraban y alababan su belleza, amabilidad, fuerza y majestad.
    Se lamentaban sin parar tirándose al suelo. Siervos y doncellas lloraban angustiados, y en toda la ciudad se oían gemidos de dolor. "Hoy se ha puesto el sol de la raza solar, perfección de la justicia, fuente de belleza y virtudes."
    Todos acusaban a Kaikeyi, que había robado al mundo sus propios ojos.
    Todos siguieron llorando hasta entrada la noche; y entonces llegaron los grandes e iluminados ermitaños.
    El sabio Vasistha narró una serie de leyendas apropiadas para la ocasión y con la luz de su sabiduría dispersó la penumbra que se cernía sobre ellos.
    El sabio hizo llenar un bote de aceite y mandó que colocasen en él el cuerpo del rey para que no se descompusiera.
    Luego reunió mensajeros y les dijo: "Id rápidamente a Bharata, pero no reveléis a nadie lo ocurrido al rey.
    Acercáos a Bharata y decidle esto: 'El preceptor ha enviado a buscar a tus hermanos". [...]
    Durante el funeral de Dasaratha, el sabio Vasistha dice a Bharata:
    [...] "¡Escucha, Bharata: el destino es incomprensible! -exclamó con amargura el señor de los sabios - Pérdida y ganancia, vida y muerte, gloria e infamia, todo está en manos de la Providencia.
    Por lo tanto, ¿a quién vamos a culpar? y, ¿con quién vamos a enfadarnos sin motivo?.

    Considera, hijo mío, que no merece la pena llorar al rey Dasaratha.
    Despreciable es el brahmán que ignora los Vedas, abandona sus deberes y queda atrapado en los placeres sensuales; es despreciable el rey que no tiene conocimiento de la política y que no ama a su pueblo como a su propia vida; despreciable es el Vaisya que es tacaño, y que no es hospitalario ni tiene devoción al Señor Shiva; despreciable es el Sudra que no respeta a los brahmanes, se siente orgulloso de su conocimiento y ama ser alabado.
    Despreciable es la mujer que engaña a su propio marido, es retorcida y sigue su propio deseo; despreciable es el estudiante religioso que rompe su promesa y no obedece las órdenes de su preceptor.
    Despreciable es el padre o madre que por ignorancia descuida su deber, y despreciable es el recluso que está apegado al mundo y carece de discreción y desapego.
    Despreciable es el anacoreta que deja de hacer penitencia y desarrolla el gusto por los lujos; despreciable es el murmurador que se enfada sin razón y es enemigo de sus padres, preceptor y hermanos.
    Totalmente despreciable es aquel que hace daño a los demás, cuida sólo de si y no tiene corazón.
    E igualmente despreciable es aquel que no está entregado sinceramente a Sri Hari. Pues su gloria está manifestada en las catorce esferas.

    Nunca hubo, ni hay, ni habrá, un monarca como tu padre, Bharata.
    Brahma, Vishnu, Shiva, Indra y los vigilantes de los cuatro rincones del globo, todos cantan la gloria del rey Dasaratha.

    Dime, querido niño, ¿quién puede glorificar a aquel que engendró hijos tan piadosos como Rama, Lakshmana, Satrughna y tú mismo?
    El rey fue bendecido en todos los aspectos; no es necesario lamentarse por él.
    Así pues, no te apenes más y obedece fielmente la orden del rey.

    El rey te ha dado la soberanía; por tanto, te corresponde hacer realidad las palabras de tu padre, que abandonó a Rama para cumplir su promesa y dejo su cuerpo por la angustia de la separación de Rama.

    El rey amaba su palabra más que su propia vida, por tanto, hijo, cumple la palabra de tu padre.
    Obedece su orden; esto te hará mucho bien.
    Parasurama ejecutó la orden de su padre, y mató a su propia madre todo el mundo fue testigo de esto.
    El hijo de Yayati, Puru, cambió su propia juventud por la vejez de su padre y no incurrió en ningún pecado ni culpa, pues lo hizo por obedecer la orden de su padre.

    Aquellos que cuidan la palabra de su padre, sin que les importe si es razonable o no, alcanzan la felicidad y el buen renombre y habitan en la morada de Indra, Señor de los inmortales.

    Así pues, cuida de sus súbditos y no sufras más.
    Así El rey que está en el cielo, se tranquilizará y tú ganarás méritos, sin ser culpable de nada.

    Es bien sabido en los Vedas que la corona va a aquel a quien el padre la concede.
    Por tanto, gobierna el reino, no sientas remordimiento y acepta mi consejo.
    Rama y Sita se complacerán al saberlo, y ningún hombre sabio te criticara.
    Kausalya y todas las madres también se alegrarán al ver feliz a la gente.
    Y el que conozca la unión suprema que existe entre tú y Rama será bondadoso contigo.

    Cuando Rama vuelva, podrás ofrecerle el reino y servirle con todo tu amor." [...]
    Tras la victoria de Sri Rama sobre Ravana:
    [...] En ese mismo momento el Rey Dasaratha apareció en escena, en su forma celestial; sus ojos estaban llenos de lágrimas mientras contemplaba a su hijo, Sri Rama.
    El Señor y Su hermano menor, Lakshmana, le reverenciaron, y el padre a cambio les dio sus bendiciones.

    "Querido padre, tan sólo por tus méritos yo derroté al invencible rey de lo demonios."

    Dasaratha estaba sobrecogido de emoción al escuchar las palabras de su hijo; de nuevo las lágrimas corrieron por sus ojos y el pelo de su cuerpo se quedó erizado.
    El Señor de los Raghus comprendió que Su padre sentía por El el mismo afecto que antes; por ello le miró y le otorgó gran sabiduría.

    Uma, continuó el Señor Shiva, Dasaratha no consiguió beatitud total por el simple hecho de fijar su corazón en la Devoción a la vez que mantenía su propia identidad.
    Los adoradores de Dios en su forma humana rechazan la beatitud suprema, pues Sri Rama les concede devoción a Su propia persona.

    Después de postrarse una y otra vez ante el Señor, Dasaratha volvió dichoso a su morada en el cielo. [...]

    Dasaratha + Reina Kausalya.

    Dasaratha + Reina Kaikeyi, hija de Rey Kekaya y Desconocido.

    Dasaratha + Reina Sumitra.