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Rey Ashwaspati

Reina Kaikeyi

 

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1. Rey Dasaratha

  • Rey Bharata

Reina Kaikeyi

  • Consorte (1): Rey Dasaratha

  Descripción:

Segunda reina del rey Dasaratha.

El rey Dasaratha hace un sacrificio para tener hijos:
[...] Un día, el rey se sentía triste porque no tenía hijo varón.
Se apresuró al hogar de su maestro, y cayendo a sus pies, le suplicó una y otra vez.
Contó al Guru todas sus alegrías y penas; el sabio Vasistha le consoló y le dijo:

"Sé valiente y espera; tendrás cuatro hijos, que serán conocidos en los tres mundos y librarán a los devotos de sus temores".

Luego, Vasistha llamó al sabio Srngi y le hizo ofrecer un sacrificio por el nacimiento de un hijo del rey.
Cuando el sabio ofreció las oblaciones al fuego sagrado, apareció el dios fuego con una ofrenda de arroz hervido en leche en su mano. Y el dios fuego dijo:

"Todo lo que Vasistha te ha dicho, ya se ha cumplido. Recibe esta oblación, oh rey, y divídela en las partes que creas convenientes"

Entonces el dios fuego desapareció después de explicar a todos los reunidos lo que debían hacer. El rey se sintió arrebatado en éxtasis y no podía contenerse de gozo. Al instante, el rey envió a llamar a sus amadas esposas.

Cuando Kausalya y las otras reinas llegaron, dio la mitad de la ofrenda a Kausalya y dividió el resto en dos mitades, una de las cuales dio a Kaikeyi.
El resto fue nuevamente dividido en dos partes que colocó en las manos de Kausalya y Kaikeyi, y después de recibir su aprobación, entregó las dos partes a Sumitra.
De este modo todas las reinas quedaron embarazadas.

Todas estaban muy contentas, y se sentían muy afortunadas.
Desde el momento en que Sri Hari penetró en el vientre, la alegría y la prosperidad reinaron en todos los mundos.
En el palacio brillaban las reinas que eran minas de belleza, virtud y gloria.
Así felizmente un tiempo, hasta que llegó el día en que el Señor debía revelarse.
///
Kaikeyi y Sumitra dieron a luz a dos niños preciosos. [...]
A pedido de los dioses, la diosa Sarada pervierte a la doncella Manthara para que influya sobre la reina Kaikeyi haciéndola reclamar a Dasaratha los dos dones que aquél le había prometido tiempo atrás:
[...] Todos en la ciudad oraban por el regreso de Bharata, y se decían: "Ojalá Bharata llegase pronto con la expedición y pueda ser testigo de lo que va a suceder".
En todas las calles, casas, caminos y lugares de recreo, los hombres y mujeres hablaban entre sí diciendo: "¿Cuándo llegará el día bendito en que Dios cumplirá nuestro deseo, el día en que, con Sita a Su lado, Sri Rama tomará asiento en el trono de oro?"
Y todos decían: "¿Cuándo llegará el día de mañana?", y mientras, los dioses malvados rogaban que entretanto sucediera alguna desgracia.
El regocijo que había en Ayodhya no era de su agrado, por la misma razón que el ladrón desprecia la noche de luna llena.
Invocando a Sarada, los dioses le suplicaban, y agarrando sus pies, se postraban una y otra vez.
"Ya que eres consciente de la situación calamitosa en la que estamos, oh Madre, haz que los hechos se desarrollen de tal forma que Sri Rama se retire al bosque, abandonando Su trono y todos nuestros deseos se hagan realidad."

Al oír esta oración de las divinidades, la diosa Sarada se quedó inmóvil y se apenó al pensar que iban a jugar el mismo papel con la gente de Ayodhya que la noche con respecto a los lotos. Viéndola deprimida, los dioses le hablaron de nuevo en tono suplicante: "Madre, tú no serás culpada de nada, pues el señor de los Raghus está por encima del dolor y la alegría.
Y en cuanto a la gente, toda alma encarnada está sujeta al placer y al dolor según su destino.
Por tanto, debes ir a Ayodhya por el bien de los seres celestiales".

Agarrándose con fuerza a sus pies, insistieron una y otra vez hasta que ella se rindió y partió, considerando a los dioses como seres mezquinos.
Y Sarada pensaba para sí: "Aunque tienen la morada en lo alto, sus actos son malvados, pues no soportan la felicidad de los demás". Y pensando una vez más en el papel que estaba destinada a realizar en el futuro, se dirigió a la capital de Dasaratha como la influencia maligna de un planeta.

Kaikeyi tenía una doncella muy torpe llamada Manthara; después de pervertir su razón y convertirla en el blanco de la mala reputación, la diosa de la palabra regresó a su reino.

Manthara vio la ciudad decorada y oyó la música gozosa, y preguntó a la gente: "¿A qué viene toda esa alegría?"
Cuando supo que Sri Rama iba a ser entronizado, sintió que su corazón se rompía.
Esta mujer de mente corrompida y bajo linaje se preguntaba cómo en el intervalo de una noche se había originado tanto mal, igual que la mujer astuta que ve un panal de miel piensa en cómo apoderarse de la miel.
Con la cara seria, Manthara se acercó a la madre de Bharata.
La reina le preguntó:
"¿Qué te hace estar tan seria?"

Ella no respondió; sólo suspiró y, adoptando la actitud típica de las mujeres, echó unas lágrimas de cocodrilo.
La reina dijo riendo: "Eres una muchacha muy descarada, y sospecho que Lakshmana te ha enseñado una lección".
La perversa doncella siguió sin hablar y sólo silbó como una cabra.
Temerosa del mal, la reina le dijo:
"¿Por qué no hablas? Espero que Rama y su padre real, Lakshmana, Bharata y Ripudamana se encuentren bien".

La jibosa mujer (Manthara) sentía dolor al oír estas palabras.
"¿Por qué iban a enseñarme una lección? ¿Por qué me llamas descarada?
¿Quién es feliz hoy a excepción de Rama a quien el rey va a investir con los poderes reales?
La Providencia ha favorecido a Kausalya, y ella no puede contener su orgullo.
¿Por qué no vas y ves por ti misma el esplendor cuya visión ha perturbado mi mente?
Tu hijo está lejos, y tú te complaces creyendo que tienes controlado a tu señor.
Te gusta demasiado dormir sobre colchones de plumas y eres incapaz de percibir la perversidad y el engaño del rey".

Al oír estas palabras afectuosas, conociendo sin embargo su maldad, la reina dijo irritada:
"Cállate inmediatamente. Si vuelves a hablar así, experta como eres en sembrar la discordia en una familia, haré que te corten la lengua.
Las personas tuertas, los cojos y los jorobados son perversos y malvados, especialmente si pertenecen al sexo bello y sobre todo si provienen de la clase servil"
, dijo sonriendo la madre de Bharata.
"Oh muchacha de dulce lengua, te he dicho todo esto como un consejo, pues sabes que ni en sueños me enfadaría contigo.
Sólo estará lleno de felicidad ese día del que tú me has hablado, el día en que todo esto se haga realidad.
El hermano mayor debe ser el señor, y los menores, sus siervos; ésta es la santa costumbre que ha reinado siempre en la raza solar.
Si la entronización de Sri Rama tiene lugar mañana, pídeme lo que desees y te será concedido.
Por su naturaleza bondadosa Rama ama a todas sus madres tanto como a Kausalya.
Y a mí me tiene un cariño especial; en ocasiones lo ha manifestado.
Si Dios, por Su misericordia, me diera un nacimiento humano de nuevo, desearía que Rama y Sita fueran un hijo y nuera respectivamente.
Amo a Rama más que a mi vida; ¿cómo es que tú te has molestado al saber estas noticias?
Te ordeno en nombre de Bharata que me digas la verdad, dejando todo engaño y reserva.
Dime por qué te sientes triste en un tan día tan gozoso."

"Todas mis bendiciones se han cumplido al hablar una sola vez; ahora volveré a hablar con otra lengua.
Mi miserable cabeza merece sin duda ser aplastada ya que tú te has sentido ofendida a pesar de que mi intención era buena.
Los que hablan con palabras oscuras, sin tener en cuenta lo que es verdadero y lo que es falso, son tus favoritos, mientras que yo no soy de tu agrado.
De hoy en adelante sólo pronunciaré lo que agrade a mi señora o me mantendré muda las veinticuatro horas del día.
Dios me ha dado un cuerpo deforme y me ha hecho depender de otros, siempre se cosecha lo que se siembra, y se recibe lo que se da.
No importa quién sea el rey, yo no perderé nada, pues no dejaré de ser doncella para convertirme en reina.
Mi mal está en que no puedo ver cómo te dañan a ti.
Por eso hablé de ello, pero veo que hice mal; así pues, perdóname, oh venerable señora."

Al oír estas palabras tan agradables como mentirosas, la reina, mujer de mente poco firme y dominada por la Maya, depositó su fe en un enemigo, tomándole por amigo.
La reina preguntaba una y otra vez a Manthara, pues estaba hipnotizada por sus palabras astutas como una liebre fascinada por los artilugios de una bruja.
Su mente cambió y la doncella se vio satisfecha al ver que su plan tenía éxito. Y respondió:
"A pesar de que sigues preguntándome, temo despegar los labios, pues me has puesto el nombre de alguien que es malvado".

Ganándose así la fe de la reina y manipulándola según sus deseos, Manthara, que significaba el desastre de Ayodhya como la influencia maligna que ejerce Saturno durante siete años y medio, habló así:
"Acabas de decir, oh reina, que Sita y Rama son muy queridos por ti y que tú te has entregado a Rama; esto que afirmas es verdad, pero pertenece al pasado.
Cuando la marea cambia, hasta los amigos se vuelven enemigos.
El Sol alimenta a los lotos, pero cuando no hay agua los convierte en cenizas.
Tu compañera Kausalya desea eliminarte del país: protégete de algún modo,
Por el amor de tu marido estás libre de preocupaciones, y crees que le tienes dominado.
Pero el rey tiene una mente perversa, aunque su lengua es dulce; sin embargo, tú eres de una naturaleza inocente.
La madre de Rama es inteligente y profunda, y ha encontrado una buena ocasión para demostrarlo.
Debes saber que a petición suya el rey ha enviado a Bharata a casa de su abuelo materno.
Kausalya pensaba: Todas las esposas de Dasaratha me sirven con agrado, pero la madre de Bharata, que eres tú, es orgullosa'.
Por ello, oh madre, irritas el corazón de Kausalya.
El rey te tiene un cariño muy especial, pero por los celos a que está generalmente una esposa sujeta, Kausalya no puede tolerarlo. Por ello ha maquinado un plan y ha con seguido poner al rey de su parte para instalar a Rama en el trono.
La entronización de Rama está de acuerdo con las tradiciones de la familia; es del agrado de todos, y yo también lo deseo.
Sin embargo, tiemblo al pensar en las consecuencias; así que ruego al cielo que el mal recaiga sobre su propia cabeza."

Induciéndole a pensar mal, Manthara se apoderó de la mente de la reina y le contó cientos de historias de las otras esposas para fomentar sus celos.
La reina estaba segura de la fidelidad de Manthara; y una vez más le pidió que fuese sincera por el bien de su propia vida.
Y Manthara respondió:
"¿Qué estás diciendo? ¡Me extraña que sigas sin comprender nada!
Hasta los animales saben lo que es bueno para ellos.
Se han hecho preparativos durante los últimos quince días y tú no te has enterado sino por mí hoy.
Tú me das comida y ropa, por ello no se me puede culpar si digo la verdad.
Si digo una mentira como si fuera verdad, Dios no dejará de castigarme.
Si la entronización de Rama se realiza mañana, Dios habrá sembrado tu desgracia.
Te juro, oh señora, que has sido apartada como una mosca de un vaso de leche.
Sólo si tú y tu hijo aceptáis el papel de siervos, se os permitirá quedaros en la casa; no de otra forma.
Así como Kadru persiguió a su co-esposa Vinata, tú también serás tiranizada por Kausalya.
Bharata se pudrirá en una prisión y Lakshmana será el lugarteniente de Rama."

Al oír estas palabras tan desagradables, la hija de Kekaya (Kaikeyi) se estremecía de miedo y no podía decir nada.
Sudaba y se agitaba como el tallo del platanero.
Luego la jibosa se mordió la lengua (por temor a que las perspectivas tan negras que le había presentado rompieran el corazón de Kaikeyi). Contándole muchas historias de engaños, Manthara consolaba a la reina y le pedía que no perdiese su alegría.

Por fin Kaikeyi se transformó y en ella nació la tendencia al mal; así se puso a aplaudir a una garza tomándola por un cisne.
"Escucha, Manthara, lo que dices es muy cierto.
Mi ojo derecho siempre está tembloroso, y todas las noches tengo pesadillas, pero no quise decírtelo.
Yo no puedo evitarlo; soy tan inocente que no distingo al amigo del enemigo.
Hasta hoy nunca he causado mal a nadie.
Me pregunto qué ofensa habré hecho para que la Providencia me traiga tanto sufrimiento al mismo tiempo.
Desearía pasar el resto de mis días en casa de mi padre pero no me gustaría seguir siendo co-esposa hasta que muera.
Para aquél a quien el cielo le concede vivir dependiendo de un enemigo, la muerte es mejor que la vida".


Las palabras de la reina estaban llenas de desaliento, y entonces la jibosa recurría a las astucias propias de la mujer mala, y decía:
"¿Por qué hablas en ese tono, despreciándote a ti misma?
Tu felicidad y buena suerte serán cada vez mayores. Quien haya concebido tanto mal para ti recogerá su fruto un día u otro.
Desde que oí hablar de esta maquinación, señora, no siento apetito durante el día, y de noche no puedo pegar el ojo.
Consulté a los astrólogos y declararon con toda seguridad: 'Bharata será rey'.
Si actúas correctamente, oh señora, te sugeriré algo: el rey está en deuda contigo".

"Ante tu sugerencia podría arrojarme a un pozo y llegar a abandonar a mi hijo y a mi marido. Cuando me dices que haga algo para evitar una tristeza pienso que debo consentir, por mi propio interés."

Ganándose la confianza de Kaikeyi y tratándola como ofrenda de sacrificio, la jibosa afilaba el cuchillo de la mentira en la piedra de su corazón.
Pero la reina, como una víctima que comía la hierba verde, no preveía la calamidad que se avecinaba.
Sus palabras eran agradables al oído, pero de consecuencias dolorosas; parecía que estuviese dando miel mezclada con veneno.

La doncella dijo:
"¿Acaso no recuerdas aquel incidente que una vez me contaste, señora?
El rey te debe un par de favores que una vez te prometió.
Pídeselos hoy y tranquiliza así tu corazón.
Concede a tu hijo la soberanía, y a Rama dale un refugio en el bosque, y así quitarás la alegría a tus co-esposas.
Pide los favores cuando el rey jure por Rama para que no pueda retractarse y dejar de cumplir su palabra.
Si dejas pasar esta noche, el plan fallará; considera mis palabras tan valiosas como la vida".

Después la miserable dijo: "Retírate a tu habitación. Actúa con discreción y no estés dispuesta a perder".

Creyendo que la jibosa quería su bien, la reina aplaudía su increíble astucia una y otra vez.
"En todo el mundo tengo otro amigo como tú", le dijo.
"Me has servido de balsa en el río en el que me estaba ahogando.
Si Dios cumple deseo mañana, te querré como a la niña de mi ojo".


Llenándola de palabras cariñosas, Kaikeyi se retiró a su dormitorio.
La semilla sembrada era la discordia, y la sirvienta Manthara era la estación lluviosa, y la mente malvada de Kaikeyi servía de tierra esponjosa. Alimentada por el agua de la astucia, la raíz de la semilla tomó fuerza y brotó con aquellos dos deseos como si fueran sus hojas, y algún día llegaría a dar el fruto de la desgracia.

Amontonando el resentimiento en su corazón, Kaikeyi se tumbó en el suelo, disfrutando de la soberanía y siendo traicionada al mismo tiempo por su mente malvada.
En el gineceo y en la ciudad había gran revuelo; nadie sospechaba nada de este plan terrible.
Extasiados de gozo, todos los ciudadanos se ocupaban en los preparativos de la fiesta y la entrada del palacio real estaba inundaba de un arroyo continuo de gente que entraba y salía.
Contentos por las noticias recibidas, unos compañeros de Sri Rama fueron a visitarle, y el Señor, consciente de su cariño, les recibió amablemente y les preguntó por su salud y bienestar. Y con su permiso regresaron a casa alabándole sin cesar, y decían: "Hay alguien en este mundo que me ame con tanta constancia y bondad como Rama? En cualquier especie que nazcamos como resultado de nuestras acciones, que Dios nos conceda que el esposo de Sita sea siempre nuestro Señor y nosotros sus siervos, y que esta relación continúe hasta el fin".

Todos en la ciudad tenían el mismo deseo, pero en el corazón de Kaikeyi había un intenso dolor, pues ¿quién no queda destruido por las malas compañías?
El hombre pierde su sentido cuando sigue los consejos de los malvados.

Al atardecer el rey visitó alegremente el palacio de Kaikeyi: parecía que el amor encarnado hubiera visitado la maldad personificada.
El rey quedó paralizado cuando oyó hablar de la habitación de las disputas donde estaba la reina.
Sus pies no querían avanzar por temor.

Aquél bajo cuyo brazo poderoso moraba seguro el Señor de los cielos y cuya buena voluntad era siempre admirada por todos los gobernadores, quedó atemorizado al enterarse de la ira de su esposa: ¡Fijaos en la fuerza y el poder del amor sexual!
Hasta aquellos que han esquivado o soportado los golpes de la espada, el trueno o la flecha han sido destruidos por las flechas floridas del señor de Rati.

El rey se acercó tímidamente a su amada reina y se apenó terriblemente al percibir su ánimo.
Estaba echada en el suelo con ropas viejas y ordinarias, habiéndose despojado de todos los ornamentos de su persona.
Sus vestiduras parecían pronosticar su viudedad. Aproximándose más a ella, el rey le preguntó con dulzura:
"Por qué estás irritada, ¿deleite de mi alma?"
Y cuando el rey la acarició para consolarla, Kaikeyi apartó su mano y le lanzó una mirada furiosa como la de una serpiente que tenía por lengua bifurcada los dos deseos, antes mencionados, de su corazón y por colmillos los dones que el rey le había prometido.

Pero el rey creyó que todo era un juego amoroso.
Y le decía una y otra vez:
"Dime cual es el motivo de tu enfado, oh dama de rostro hermoso y ojos brillantes, de voz melodiosa como la del cuco y paso parecido al del elefante.
¿Quién te ha hecho daño? ¿Quién ha arriesgado su cabeza hasta tal punto?
Dime a qué mendigo debería exaltar y hacer rey, y a qué monarca debo despojar de su reino.
Podría matar hasta un inmortal si fuese tu enemigo: ¿qué no haré a simples hombres y mujeres que no son más que gusanos?
Tú conoces mis sentimientos, hermosa doncella, mi mente está enamorada de tu cara como el pájaro Chakora de la Luna. Amada mía, mi pueblo, mi familia y todo lo que poseo, mis hijos y mi propia vida están a tu disposición.
Si te digo algo y no soy sincero, sería tan culpable como de jurar en falso por Rama un ciento de veces.
Pide sin temor lo que te plazca y cúbrete de joyas.
Date cuenta de que éste no es el momento oportuno para esos atavíos"

Al oír esto, y pensando en el juramento, la estúpida Kaikeyi se levantó sonriente y empezó a adornarse; parecía como si una cazadora estuviera preparando la trampa de un ciervo.
Creyendo que estaba ya reconciliada, el rey le habló de nuevo, temblando de emoción:
"El deseo de tu corazón, oh buena señora, ya está cumplido, todos los hogares de la ciudad son moradas de gozo.
Mañana Rama será el príncipe regente; por ello, dama de ojos brillantes, ponte vestidos de fiesta".

El corazón de la reina, aunque era duro, se quebró al oír estas palabras, como si una llaga ulcerada hubiera sido tocada sin cuidado. Pero escondió este sufrimiento bajo el disfraz de una sonrisa, igual que la esposa del ladrón no llora abiertamente, al ver que su marido es castigado por si ella es obligada a padecer del mismo modo.
El rey no podía percibir sus perversos planes, ya que ella había sido enseñada por un maestro que destacaba notablemente entre los más villanos.
Y aunque el rey era muy sabio en los asuntos de estado, el comportamiento de una mujer era para él como un océano insondable.
Y de nuevo, haciendo gala de un cariño falso, dijo sonriendo y moviendo con gracia la cara y los ojos:
"Siempre me dices: Pide, pide; pero en realidad no me das nada.
Me prometiste dos cosas, pero dudo si las conseguiré."

"Ya comprendo todo el misterio -dijo el rey sonriendo- te gusta mucho enfadarte.
Siempre guardaste estos dones en reserva y nunca los pediste: y yo por mi parte los olvidé completamente, pues soy despistado por naturaleza.
No me culpes ahora, puedes pedir cuatro cosas en lugar de dos, si lo deseas.
Siempre ha sido ley en la raza Raghu que la palabra que uno da debe ser cumplida aunque nos cueste la vida.
Ni una multitud de pecados puede compararse con una mentira. ¿Pueden compararse con una montaña millones de semillas?
La veracidad es la raíz de todas las virtudes, como bien dicen los Vedas y Puranas y como ha declarado Manu.
Y sobre todo he jurado inconscientemente por Rama, Señor de los Raghus, que es la perfección misma de la virtud y la más alta personificación del Amor".

Después de atarle así a su palabra, la malvada reina dijo sonriendo, como descubriendo su plan de halcón:
"Escucha, amado señor, lo que desea mi corazón; como primer don, garantízame la instalación de Bharata como príncipe regente de Ayodhya.
Y como segundo don, te pido con toda mi alma que Rama viva en los bosques durante catorce años vestido de ermitaño y completamente desapegado del mundo."

El rey se llenó de tristeza al oír estas dulces palabras igual que el pájaro Chakravaka sufre al tocarle un rayo de luna.
Sintió que se desmayaba y no podía decir palabra.
El rey quedó totalmente pálido como una palmera alumbrada por el relámpago; llevándose las manos a la frente y cerrando los ojos, comenzó a lamentarse como si fuera la Pena en persona.

"El árbol celestial de mi deseo, que había florecido, ha sido destruido de raíz por Kaikeyi, justo cuando estaba a punto de dar fruto.
Ella ha desolado Ayodhya y ha puesto los cimientos de la desgracia eterna.
Algo desfavorable ha ocurrido en un momento inmejorable; y estoy condenado al poner mi confianza en una mujer como un esforzado Yogui que se deja llevar por la necedad en el preciso momento en que su práctica iba a darle el fruto de la realización."

El rey se lamentaba así en su interior. Al ver su mala condición, la reina refunfuñó y dijo:
"¿Acaso Bharata no es hijo tuyo? ¿Me has comprado teniendo en cuenta el dinero?
Si mis palabras te atraviesan como flechas cuando entran en tus oídos, ¿por qué no haces tus promesas después de pensarlo bien? Acepta mi propuesta o recházala. Tú siempre cumples tus promesas.
Rechaza los favores que me prometiste; abandona la verdad y fomenta la infamia en el mundo.
Alabando la verdad me prometiste dos dones imaginando que yo pediría un puñado de granos.
Sibi, Dadhichi y Bali cumplieron su palabra a costa de su propia vida y posesiones".

De este modo Kaikeyi pronunció palabras punzantes como si echara sal al fuego.
Ejemplo de justicia, el rey reunió valor y abrió los ojos, y suspiró: "Me ha atravesado mi punto más vital".

Y vio a la reina ante él encendida de rabia, como si fuera la espada misma de la Furia sacada de su vaina.
El rey vio que esa espada era temible e inflexible, y pensó: "Va a llevarse mi vida?"

Luego, endureciendo su corazón, le habló en términos cariñosos:
"Querida, ¿por qué dices estas palabras tan apropiadas, olvidando toda tu confianza y cariño por mí?
Bharata y Rama son mis dos ojos. Lo digo poniendo a Sankara por testigo.
Enviaré un mensajero al amanecer, y los dos hermanos, Bharata y Satrughna, acudirán al instante.
Luego, después de elegir un buen día y hacer todos los preparativos concederé el reino a Bharata con toda solemnidad.

Rama no pretende alcanzar la soberanía y ama mucho a Bharata.
Yo iba a seguir la costumbre que hay cuando los príncipes son varios, considerando quién era mayor de los dos.
Y te digo con sinceridad, y te lo juro por Rama, que su madre, Kausalya, nunca me dijo nada al respecto.
Yo lo preparé todo sin consultarte a ti y por ello mi deseo no se ha cumplido.
Ahora olvida tu enfado y ponte vestiduras de fiesta; en unos días Bharata será príncipe regente.

Sólo una cosa me hace sufrir: el segundo favor que me pides es bastante absurdo.
Mi corazón todavía arde con el dolor que me ha producido.
¿Se trata de una broma o es todo verdad?
Dime con la mente serena qué falta ha cometido Rama; todos dicen que su comportamiento es intachable.
Tú también hablabas bien de él y le amabas. Al oír lo que me pides, empiezo a dudar de que tu amor fuese auténtico.
¿Cómo podría aquel que ama, incluso a su enemigo, actuar contra la voluntad de su propia madre?
No te burles ni te enojes más, querida.

Haz una petición razonable para que mis ojos puedan deleitarse al ver la entronización de Bharata.
El pez puede llegar a vivir sin agua y la serpiente puede arrastrar una existencia miserable sin llevar la gema en su cabeza.
Pero en verdad te digo que yo no puedo vivir sin Rama.
Estate segura, querida, que mi existencia misma depende de la contemplación de Sri Rama".

Al oír estas dulces palabras la malvada reina se encendió como el fuego sobre el que cae mantequilla purificada.
Y dijo: "Puedes poner en práctica todos tus recursos, pero tus estratagemas no servirán de nada conmigo.
Si no haces lo que te pido, ganarás muy mala reputación; a mí no me gustan las artimañas.
Rama es virtuoso; tú también eres virtuoso y sabio, y no menos virtuosa es la madre de Rama: yo os conozco a todos, y pagaré con una venganza el bien que ella me ha querido hacer.
Si Rama no se retira a los bosques vistiéndose de ermitaño en cuanto amanezca, el resultado será mi muerte y tu mala reputación; tenlo presente, oh rey."


Diciendo esto, la perversa mujer se levantó como si fuera un escandaloso río de pasión nacido de la montaña del pecado y que, desbordante con el agua de la ira, tenía un aspecto terrible.
Los dos dones que había pedido eran como las dos orillas de ese río, su obstinación era como la rápida corriente y la fuerza impulsora de las palabras de Manthara parecían los remolinos del río; llevándose con la corriente al rey como si fuera un árbol, el río se dirigía hacia el océano de la desgracia.

Ahora el rey se daba cuenta de que la petición de la reina no era broma y que la muerte misma se cernía sobre su cabeza, disfrazada de esposa suya.
Tomando sus pies, el rey le pidió que se sentara, y le imploró así:
"No uses el hacha con la raza solar. Pídeme mi propia cabeza y te la daré, pero no me mates apartándome de Rama.
Deja que se quede, o tu seno arderá de dolor toda tu vida".

Cuando el rey vio que su maldad era irreparable, cayó al suelo golpeándose la cabeza y sollozando amargamente:
"¡Rama, oh Rama, Señor de los Raghus!"

El rey estaba invadido por la tristeza, y su cuerpo caía sin fuerzas; parecía un árbol tirado por una elefanta.
Tenía la garganta seca y no podía articular palabra. Se sentía miserable como un pez fuera del agua.
Kaikeyi se dirigió a él una vez más con palabras duras y punzantes, como inyectando veneno en su herida:
"Si era esto lo que ibas a hacer al final, ¿cómo te atreviste a decir: pide, pide?
¿Pueden suceder las dos cosas al mismo tiempo -oh soberano de la Tierra- soltar una carcajada y estar serio, o tener fama de ser generoso y ser un tacaño?
¿Es posible permanecer intocable cuando se es un héroe?
Retira tu palabra o cúmplela, pero no te lamentes como una mujer.
La vida, la mujer y los hijos, el hogar, la riqueza y la tierra no tienen más valor que una paja para aquel que es fiel a su palabra".

Al ver esto, el rey exclamó:
"Di lo que quieras. No se te puede culpar.
Es mi destino el que te ha poseído como un demonio y te está usando como marioneta.
Bharata nunca codiciaría la soberanía, ni siquiera inconscientemente. Pero a causa del destino la maldad se ha apoderado de tu mente.
Todo es resultado de mis pecados, y debido a ellos, la marea se ha levantado contra mí en un mal momento.
La hermosa Ayodhya florecerá de nuevo bajo la soberanía de Rama, morada de toda virtud. Todos sus hermanos le servirán y su fama se extenderá por las tres esferas de la creación.
La mancha de tu reputación y mi remordimiento no desaparecerán ni después de tu muerte y nunca se irán.
Ahora haz lo que te plazca; sólo te pido que te mantengas fuera de mi vista, y te ruego que mientras viva no me vuelvas a dirigir la palabra.
Al final te arrepentirás, mujer desgraciada, de haber matado una vaca sólo para destriparla".

Discutiendo así con ella, el rey seguía en el suelo llorando: Por qué traes la desgracia a todos?"

Pero, maestra en ardides, la reina no decía nada como si estuviera ocupada en ritos mágicos en un crematorio para controlar a los espíritus
Con el corazón roto el rey repetía sin cesar la palabra "Rama" y se sentía miserable como un pájaro al que le han cortado las alas.
Y rogaba dentro de sí: "Que el Sol no salga hoy y que nadie se lo diga a Rama. No te levantes, dios-sol, progenitor de la raza Raghu, pues sufrirás al ver la suerte de Ayodhya".

El amor del rey y la inquietud de Kaikeyi eran indescriptibles.
Estando el rey lamentándose todavía, el día rompió, y a su puerta se oía la música de flautas y conchas.
Bardos y juglares cantaban sus alabanzas; pero para el rey eran como dardos que atravesaban su corazón.
Estas muestras de regocijo no eran de su agrado, al igual que los adornos repugnan a la viuda que decide acompañar a su difunto marido al otro mundo.
Nadie pudo pegar ojo aquella noche pues todos anhelaban ver a Sri Rama.
A su puerta esperaba una multitud de siervos y ministros que se decían al ver que el Sol ya había salido:
"El Señor de Ayodhya todavía no ha despertado, ¿qué le pasará?.
El rey suele despertar siempre a última hora de la noche; su comportamiento es muy extraño hoy.
Entra al palacio, Sumantra, y despiértale, para que al recibir sus órdenes nos podamos poner a trabajar."

Sumantra entró en el gineceo pero encontró un panorama tan desolador que tenía miedo de seguir adelante.
Parecía que un monstruo se le iba a echar encima a devorarle.
Como nadie respondía a sus preguntas, se dirigió al aposento donde estaban el rey y la reina Kaikeyi.
Y saludando al rey y postrando su cabeza, se sentó.

Sumantra palideció al ver el estado del rey que yacía en el suelo dominado por el dolor y pálido como el tallo de un loto cortado de su raíz.
Como el ministro estaba demasiado alarmado para hacer preguntas, fue Kaikeyi quien, llena de mal y vacía de bien, rompió el silencio.

"El rey no pudo dormir anoche; sólo el cielo sabe por qué.
Ha estado repitiendo 'Rama, Rama' hasta el amanecer y no quiere confesar su secreto.
Así pues, ve a buscar a Rama y tráele pronto; y cuando vuelvas, podrás preguntar sobre otros detalles."

Juzgando por su mirada que el rey aprobaba la idea, Sumantra se fue con la conclusión de que la reina había concebido algún plan maligno.
Se sentía tan preocupado que las piernas no obedecían, y se preguntaba: "¿Qué dirá el rey a Rama?"
Recobrando la calma acudió a la verja, y al verle tan desconsolado, todos le empezaron a preguntar.
Pero él los tranquilizó y siguió hasta el aposento donde se encontraba la Joya de la raza solar, Sri Rama. Sri Rama, al ver a Sumantra, le recibió con todo honor, tratándole como a su propio padre.
Mirándole a la cara, Sumantra le comunicó el mandato real y regresó con la Luz de la raza Raghu, Sri Rama.

Sri Rama seguía al ministro de una forma inapropiada, y la gente se apenaba al verlo así.
La Joya de la raza Raghu fue a ver al rey de una manera totalmente miserable, como un elefante viejo que se ha desmayado de terror al ver a una leona. Sus labios se secaron y todo su cuerpo ardía. Parecía una pobre serpiente despojada de su gema.

El Señor vio junto a su padre a la enfurecida Kaikeyi, que parecía la Muerte personificada contando los últimos minutos de su vida.
Sri Rama era de naturaleza compasiva y dulce; por primera vez en Su vida era testigo de algo doloroso. Pero, serenándose como exigía la ocasión, se dirigió a la reina con estas cariñosas palabras:
"Dime, querida madre, cuál es la causa de que mi padre sufra para que yo pueda hacer algo por él".

"Escucha, Rama, la única razón es ésta: el rey te ama mucho.
Ha prometido concederme dos favores y yo le he pedido lo que quería.
Pero el rey, al oír mis peticiones, se llenó de tristeza, pues no puede apartar de sí la duda que le atormenta.
El rey está en medio de un dilema: por un lado, el amor por su hijo, y por otro, lo que ha prometido.
Obedece su orden, si puedes, y libérale de la tortura de su mente."

Kaikeyi habló sin vacilar estas palabras punzantes, cuya misma dureza era difícil de soportar.
Con un arco por lengua, palabras como dardos y el rey como una delicada diana, la maldad de la reina no conocía límites.
Después de comunicar lo sucedido al Señor de los Raghus, Sri Rama, Kaikeyi parecía una mujer de piedra.
El Sol de la dinastía solar, Sri Rama, fuente natural de la alegría, sonreía dentro de sí y comenzó a y hablar dulcemente a su madre: "Escucha, madre: sólo es bendito el hijo que obedece las palabras de sus padres.
Es raro encontrar un hijo así en este mundo, madre.
En el bosque tendré más oportunidades de conocer ermitaños que me servirán de gran ayuda.
Además es orden de mi padre, y tú también lo apruebas, madre.

Bharata, a quien quiero como a mi vida, tendrá la soberanía: Dios me es propicio en todo.
Si rehúso ir a los bosques, aunque sea bajo estas circunstancias, se me consideraría el mayor de los locos.
Los que alimentan una planta de aceite de ricino, abandonando el árbol del paraíso, y toman veneno en lugar de néctar, tampoco perderían una oportunidad como ésta si la tuvieran: date cuenta de esto, madre.

Sólo me entristece una cosa; me duele ver al rey tan desolado.
Se me hace difícil de creer que mi padre esté tan apenado por una cuestión tan trivial.
El rey tiene un corazón fuerte y su bondad es profunda como el océano.
Debo haber cometido alguna ofensa grande para que el rey no me hable. Te ruego, por tanto, que me digas la verdad."


Las palabras de Sri Rama eran inocentes y directas, pero la perversa Kaikeyi les dio un malicioso giro. El puerro debe moverse siempre oblicuamente, aunque el agua en la que esté tenga una superficie lisa.

La reina se alegró al ver que Sri Rama aceptaba su propuesta y dijo con una muestra falsa de afecto:
"Juro por ti y Bharata que no hay ninguna otra razón para que el rey esté afligido.
Casi no eres capaz de ofender a nadie, querido hijo, fuente de gozo como eres para tus padres y hermanos.
Lo que dices es verdad; eres fiel a las palabras de tu padre y tu madre.
Te ruego que le pidas a tu padre que no incurra en el oprobio en la vejez de su vida.
No le conviene abandonar las virtudes que le han hecho tener un hijo como tú".

Estas amables palabras adornaban su boca detestable como los lugares sagrados como Gaya embellecen la tierra maldita de Magadha.
Estas palabras de su co-madre eran agradables para Rama como las aguas de todas clases se purifican al desembocar en el santo Ganges.

El rey volvió a ser consciente y recordó a Rama, Sumantra le informó de la llegada de Sri Rama y se inclinó a él humildemente.
Al oír que Sri Rama había venido, el rey se calmó y abrió los ojos.
El ministro ayudó a su soberano a sentarse y éste vio que Rama caía a sus pies.
Rebosante de emoción, el rey lo estrechó contra su pecho como si una serpiente hubiera recobrado su gema perdida.
El monarca seguía contemplando a Sri Rama y un torrente de lágrimas salía de sus ojos.
No podía decir nada y abrazaba al príncipe con todas sus fuerzas.
Y en su interior pedía a Dios que el Señor de los Raghus, Sri Rama, no pudiera ir a los bosques.
Invocando al poderoso Señor Shiva, le suplicaba así:
"Escucha una plegaria, oh dicho señor. Complaciente y generoso como eres, libérame de mi aflicción.
"Ya que moras en el corazón de todos; inspira a Rama para que se quede en casa y olvide todo sentido de la propiedad y amor filial.
"Haz que la mala reputación sea mi destino y que mi buen nombre perezca.
Desearía estar condenado a la perdición.
Preséntame toda clase de dificultades, pero que Rama no se vaya de mi vista."

El rey pedía así en su corazón, pero no despegaba los labios, su mente temblaba como la hoja del chopo.

Viendo que Su padre estaba dormido por la emoción y que la madre Kaikeyi iba a hablar de nuevo, el Señor de los Raghus, Sri Rama, habló humildemente, según lo requería el lugar, el momento y la circunstancia, y dijo:

"Querido padre, me voy a atrever a pedirte algo: por favor, perdona mi ignorancia pues sabes que soy joven.
Has sufrido por algo que no tiene importancia, y la pena es que nadie me lo haya contado antes.
Cuando te vi, pregunté a Kaikeyi y me he consolado al oír lo que me ha dicho.
No estés triste en estos momentos de gozo, querido padre, y ordéname lo que desees."

Al decir esto, el Señor sintió un estremecimiento de gozo por todo su cuerpo.

"Bendita es la venida a la Tierra de aquel cuyo padre se regocija al oír hablar de él.
Él tiene en su mano las cuatro recompensas de la vida, y sus padres son para él lo más querido.
Después de llevar a cabo tu orden y de obtener la recompensa de mi vida, volveré a ti, así que no dudes en mandarme.
Mientras tanto me despediré de mi madre Kausalya. Y tras arrojarme una vez más a tus pies, me iré a los bosques."


Así habló Sri Rama, y luego partió. Y el rey estaba demasiado triste para responderle nada.

Estas noticias tan dolorosas se extendieron por toda la ciudad como si el aguijón de un escorpión hubiera repartido su veneno por todo el cuerpo.
///
Toda la gente criticaba a Kaikeyi.
"¿Qué sentimientos puede haber en una mujer tan malvada que ha incendiado una casa recién construida de paja?
Ella quiere ver después de secarse los ojos con sus propias manos y desea gustar veneno después de tirar el néctar.
Esta retorcida, dura y malvada miserable ha aparecido como el fuego que quema a los bambúes de la raza Raghu.
Ha cortado el mismo árbol en cuya rama se sentaba ella; en medio de la alegría ha levantado un muro de dolor.
Ella siempre había querido a Rama como a su propia vida: qué le ha podido llevar a ser tan perversa?
Los sabios han dicho con razón que la mente de la mujer es algo incomprensible, insondable y oculto.
El hombre percibe antes su propia reacción que el comportamiento de una mujer.
¿Qué hay que no pueda ser consumido por el fuego o tragado por el océano?
¿Qué hay que una mujer poderosa, tenida por débil por los demás, no pueda realizar, y qué criatura hay en este mundo perecedero que la muerte no pueda devorar?
Después de ordenar una cosa, el Creador ha ordenado ahora otra que es totalmente opuesta; después de enseñarnos una perspectiva, ahora nos muestra otra."

Algunos decían: "El rey no ha obrado bien; no ha hecho bien en conceder a esa malvada su deseo, pues así ha causado su propia tragedia. Permitiendo ser dominado por una mujer ha perdido su sabiduría y su bondad".

Otros más sensatos no culpaban al rey, pues conocían su alto nivel de moralidad.
Y se repetían unos a otros las historias de Sibi, Dadhichi y Harischandra.

Algunos hablaban de la complicidad de Bharata y otros oían pasivamente lo que decían sus compañeros.
Otros se tapaban los oídos y se mordían la lengua, y exclamaban:
"Esto no es cierto. Vuestros méritos desaparecerán si habláis así: Sri Rama es tan querido para Bharata como su misma vida.
Antes llovería fuego de la Luna o el néctar sabría a veneno que Bharata soñara con hacer daño a Sri Rama."

Algunos culpaban al Creador que les había ofrecido néctar y al final les había dado veneno.
La ciudad entera estaba agitada y triste. En los corazones reinaba un profundo dolor.

Matronas brahmanes y otras ancianas y venerables mujeres de la familia real, muy queridas de Kaikeyi, comenzaron a poner en duda su bondad, y sus palabras le atravesaban como dardos:
"Siempre has dicho, y todo el mundo lo sabe, que Bharata no es tan querido para ti como Rama.
Siempre has tenido un afecto natural por Rama, ¿por qué ofensa le quieres exiliar a los bosques?
Nunca has tenido celos de tus co-esposas; tus buenos sentimientos son famosos en el país.
¿Qué te ha hecho Kausalya para que hayas lanzado este trueno contra toda la ciudad?
¿Soportará Sita la ausencia de Sri Rama?
¿Se conformará Lakshmana con quedarse tranquilo en casa?
Disfrutará Bharata de la soberanía de Ayodhya?
¿Sobrevivirá el rey sin Rama?

Piensa en esto y aparta la ira de tu pecho y no acumules el dolor y la infamia.
Haz que Bharata sea príncipe regente si lo deseas, pero ¿para qué vas a exiliar a Rama en el bosque?
Rama no codicia la soberanía, es un ejemplo de justicia y no desea eres sensuales.
Deja que Rama abandone su hogar y viva con su maestro; pídele esto al rey como tu segundo deseo.
Si no nos haces caso, no ganarás nada. Si sólo estás bromeando, dínoslo claramente.
¿Merece un hijo como Rama ser exiliado a los bosques?
¿Qué dirá el mundo de ti cuando lo sepa?
Date prisa y haz algo para impedir tanta desgracia.

Salva a tu familia. Haz que Rama no vaya al bosque.
Como el día sin sol, el cuerpo sin vida y la noche sin luna, así está la ciudad de Ayodhya sin el Señor de Tulsidas, Sri Rama.
Piensa en esto, mujer irascible!"

El consejo que dieron a Kaikeyi sus amigas fue muy sabio. Pero ella no quiso escucharlo, llevada por su maldad.
Kaikeyi no respondió y lanzó una mirada hostil a causa de la ira que no podía ocultar.
Les miraba como una tigresa hambrienta miraría a una manada de liebres.

Viendo que su enfermedad era incurable, sus amigas abandonaron la esperanza y al marcharse decían:
"Miserable loca! El destino no ha tolerado su soberanía y le has traicionado. Ella ha hecho lo que nadie haría".

Los hombres y mujeres de la ciudad se lamentaban y criticaban a la malvada mujer.
Se consumían con un sufrimiento terrible, y suspiraban sin cesar, y decían: "Sin Rama no puede haber esperanza de vida".
La gente se entristecía al pensar en la larga separación como las criaturas de agua se inquietan cuando ésta les empieza a faltar.
///
El rey trató de retener a Rama por todos los medios, pero vio la intención de Sri Rama y se dio cuenta de que no se quedaría, ya que era ejemplo de rectitud, de fuerza y de sabiduría.
Luego el rey abrazo estrechamente a Sita y la aconsejó con todo su amor.
Le habló de las terribles circunstancias de la vida del bosque y de las comodidades que ten dría si se quedaba junto a los padres de su esposo o de Su propio padre.
Pero la mente de Sita estaba unida a los pies de Sri Rama; por ello el hogar no Le atraía y el bosque no Le repugnaba.
Todos trataban de convencer a Sita de las miserias del bosque.
La esposa del ministro Sumantra, así como la del maestro Vasistha y otras mujeres prudentes La aconsejaban insistentemente:
"Nadie te ha exiliado al bosque; así que obedece a tus padres y a tu preceptor".

Este consejo tranquilizador, amistoso, agradable y tierno, no era del agrado de Sita.
Parecía como si los rayos de la luna otoñal hubieran dañado a la hembra del pájaro Chakravaka.
Sita no respondía nada.

Y Kaikeyi, al oírles, se irritó y trajo ropas de ermitaño, adornos y vasijas, y colocándolas ante Sri Rama, Le habló con suavidad:
"El rey te ama como a su propia vida, oh Héroe del linaje Raghu.
Es demasiado dulce para librarse de sus escrúpulos y de su apego a ti.
Preferiría perder su virtud, su buena reputación y su felicidad en el otro mundo antes que pedirte que vayas a los bosques. Así pues, haz lo que te plazca".

Sri Rama se regocijó al oír a Su madre, pero sus palabras atravesaron el corazón del rey como dardos. Y pensaba: "Desearía que esta vida miserable terminase".
La gente se sentía muy desconsolada y el rey se desmayó; nadie sabía qué hacer.
Sri Rama se vistió de ermitaño y, postrándose ante Sus padres, partió. [...]
Tras la muerte del rey Dasaratha:
[...] Abatidas por el dolor, las reinas lloraban y alababan su belleza, amabilidad, fuerza y majestad. Se lamentaban sin parar tirándose al suelo. Siervos y doncellas lloraban angustiados, y en toda la ciudad se oían gemidos de dolor. "Hoy se ha puesto el sol de la raza solar, perfección de la justicia, fuente de belleza y virtudes."

Todos acusaban a Kaikeyi, que había robado al mundo sus propios ojos. Todos siguieron llorando hasta entrada la noche; y entonces llegaron los grandes e iluminados ermitaños.

El sabio Vasistha narró una serie de leyendas apropiadas para la ocasión y con la luz de su sabiduría disperso la penumbra que se cernía sobre ellos.
El sabio hizo llenar un bote de aceite y mandó que colocasen en él el cuerpo del rey para que no se descompusiera.
Luego reunió mensajeros y les dijo:
"Id rápidamente a Bharata, pero no reveléis a nadie lo ocurrido al rey. Acercáos a Bharata y decidle esto: 'El preceptor ha enviado a buscar a tus hermanos".

///

Un día los mensajeros llegaron. Y al oír las órdenes del Guru, Bharata se dispuso a partir invocando al Señor Ganesha.
Guiando los caballos a más velocidad que el viento, siguió su viaje cruzando ríos muy difíciles, montañas y bosques.
Había tal intranquilidad en su corazón que nada le agradaba. Y pensaba: "Me gustaría poder volar a casa".

Cada instante se le hacía largo como un año. Así Bharata se acercó a la ciudad. Y mientras entraba vio signos de fatalidad.
Los cuervos graznaban de forma repugnante en lugares indeseables Burros y chacales proferían gritos que atravesaban el corazón de Bharata. Lagos y ríos, arboledas y jardines habían perdido su encanto, y la ciudad tenía un aspecto tenebroso. Pájaros y ciervos, caballos y elefantes tenían una apariencia miserable.

Parecía que todos los ciudadanos hubieran perdido todo lo que poseían. La gente le recibió, pero no le dijo nada. Se inclinaban ante él y pasaban de largo. Bharata tampoco podía preguntarles nada, pues su mente estaba demasiado temerosa y apenada.

Los bazares y calles repelían la vista como si un ejército salvaje hubiera irrumpido en toda la ciudad.

Kaikeyi, que era para la raza solar lo que la Luna es para los lotos, se regocijo al enterarse de la llegada de su hijo.
Encendiendo velas para moverlas a su alrededor, se levantó de un salto y corrió hacia él, y encontrándole en la puerta, le condujo a sus aposentos.

Bharata vio con asombro que mientras toda la familia tenía un aspecto miserable como los lotos dañados por la escarcha, Kaikeyi estaba tan feliz como una bruja que hubiera hecho arder un bosque.
Viendo a su hijo melancólico y deprimido, le preguntó:
"Está todo bien en casa de mi madre?".

Bharata le aseguró que todo estaba bien y luego preguntó por la riqueza y salud de su familia:
"Dime, ¿dónde está mi padre y mis madres, y donde están Sita y mis amados hermanos, Sri Rama y Lakshmana?"

Al oír las palabras cariñosas de su hijo, la pecadora mujer, hizo que aparecieran en sus ojos lágrimas de cocodrilo y dijo cosas que atravesaron sus oídos y su alma como flechas.
"Yo he tratado de hacer todo para ti, hijo mío, y la pobre Manthara me ha ayudado mucho.
Pero Dios ha estropeado nuestros planes antes de que se realizaran, el rey ha partido al Paraíso de Indra."

Al oír esto, Bharata quedo inundado de dolor como el elefante que se horroriza con el rugido del león, Y gritando: "¡Padre, Padre!" cayó al suelo lleno de convulsiones. "No te pude ver antes de que te fueras, ni tampoco me confiaste al cuidado de Sri Rama."

Luego, reponiéndose, se levantó y dijo: "Dime, madre, la causa por la cual se ha ido mi padre".

Al oír a su Hijo, Kaikeyi respondió como si le amputara un órgano vital y le insertara veneno en él.
Con el corazón alegre, la malvada mujer le contó desde el principio todo lo que había hecho.
Al enterarse del exilio de Sri Rama, Bharata olvido la muerte de su padre, y dándose cuenta de que ahí estaba la raíz del mal, se quedó mudo y estupefacto.

Al observar el malestar de su hijo, Kaikeyi le consolaba como si echara sal a un fuego.
"Hijo mío, no debemos lamentar la suerte del rey.
No sólo recogió una gran cosecha de méritos y gran renombre sino que también disfrutó de la vida.
Durante su vida obtuvo todos los bienes de la existencia humana, y al final ascendió a la morada de Indra, señor de los inmortales. Piensa esto y cesa de sufrir.
Gobierna el reino con todos sus miembros: el ejército, los ministros, el tesoro, etcétera."

El príncipe no salía de su asombro al oír estas palabras que parecían un carbón al rojo vivo tocando su herida.
Luego suspiró profundamente y dijo:
"Oh malvada mujer, has arruinado totalmente nuestra familia.
Si tú encerrabas tan arraigada maldad, ¿por qué no me mataste nada más nacer?
Al cortar el árbol, has regado una hoja y has desecado el pozo, dejando a los peces sin agua.

Descendiendo del dios Sol, con el rey Dasaratha por padre y Rama y Lakshmana por hermanos, te he tenido a ti por madre.
Uno no puede hacer nada contra la Providencia.

Maliciosa mujer, ¿cómo es que tu corazón no se resquebrajó al concebir tal plan en tu mente?
Cuando pediste aquellos dones, ¿no sentiste las punzadas de tu conciencia?
¿No se cayó tu lengua ni se pudrió tu boca? ¿Cómo confió en ti el rey?

Seguro que Dios le quitó los sentidos en vísperas de su muerte.
Ni siquiera el Creador ha podido conocer el corazón de esta mujer, fuente de engaño, pecado y vicio.
Simple, amable y piadoso como era el rey. ¿cómo iba a conocer la naturaleza de una mujer?
¿Qué criatura hay en el mundo que no ame al Señor de los Raghus como a su propia vida?

Sin embargo, para ti Rama era un gran enemigo. Así pues, dime la verdad, ¿a qué especie perteneces?
Seas lo que seas, sería mejor que te pintaras la cara de negro y te fueras de mi presencia.
Dios me ha creado de un corazón que es enemigo de Rama.
¿Puede haber alguien más pecador que yo? Veo que mis reproches son en vano."

Cuando Satrughna se enteró de la maldad de Kaikeyi, se encendió de ira; pero no podía hacer nada.
Entonces entró la jibosa Manthara, ataviada con ricos vestidos y muy adornada.
Viendo a esa mujer, el hermano menor de Lakshmana se llenó de ira como si se derramara mantequilla pura en el fuego.
Dando un paso adelante le golpeó en la joroba con tanta fuerza que se cayó de cabeza y comenzó a gritar.
Tenía la joroba aplastada, la cabeza partida, los dientes rotos y la boca llena de sangre.

"Ah, Dios mío, ¿qué mal he hecho yo? Mis servicios no merecen esta recompensa."

Al ver la crueldad que encerraba de los pies a la cabeza, Satrughna, destructor de los enemigos, la agarró del pelo y comenzó a arrastrarla hasta que el misericordioso Bharata la rescató.

Luego los dos hermanos fueron a ver a la madre Kausalya.
Con vestidos oscuros, pálida, nerviosa, oprimida por el dolor y con el rostro cansado, parecía una hermosa enredadera celestial de oro dañada por la escarcha del bosque.

Cuando Kausalya vio a Bharata, se levantó y corrió hacia él, pero se cayó inconsciente al suelo.
Bharata se emocionó mucho y se arrojó a sus pies olvidando el estado de su propio cuerpo.

"Madre, enséñame a mi padre. ¿Dónde están Sita, Rama y Lakshmana?
¿Por qué nació en este mundo Kaikeyi?
Y si nació, ¿por qué no fue estéril en lugar de darme a luz a mí, mancha de mi familia, pozo de infamia, enemigo de mis familiares y seres queridos?
¿Quién en las tres esferas es tan miserable como yo, por cuya culpa, madre, te has visto reducida a tal estado?

Mi padre está en el cielo y Sri Rama en los bosques. Yo soy el responsable de todo.
Que el mal se cierna sobre mí, que he demostrado ser para mi familia como el fuego para los bambúes, además de ser víctima de terrible agonía, sufrimiento y culpabilidad."

Al oír las tiernas palabras de Bharata, Kausalya se levantó con renovado esfuerzo y levantándole, le estrechó con fuerza.
Y las lágrimas se agolpaban en sus mejillas. Inocente por naturaleza, Kausalya le abrazaba con un cariño inmenso como si hubiera vuelto el mismo Sri Rama. Luego abrazó al hermano menor de Lakshmana, Satrughna. [...]
Tras recibir el consejo y aliento del sabio Vasistha y la reina Kausalya, Bharata dice:
[...] "Mi preceptor me ha dado un consejo excelente, reafirmado por mis súbditos, ministros y todos.
Estos consejos deben ponerse en práctica pues nos llevan a nuestro propio bien.
Si nos paramos a pensar si está bien o mal, abandonamos nuestro deber e incurrimos en el pecado. Y aunque me doy perfecta cuenta de que vuestro consejo es sincero, mi corazón no está satisfecho.

Ahora oíd mi petición y aconsejadme debidamente.
Perdonad mi presunción al responderos, pues la gente buena no considera las virtudes o faltas de aquellos que sufren.

Mi padre está en el cielo, y Sita y Rama en los bosques; y vosotros me pedís que gobierne el reino.
¿Creéis que será bueno para mí o esperáis alguna ganancia de este arreglo?

Mi bien está en servir a Rama, aunque la crueldad de mi madre me ha quitado ese privilegio.
Me he dado cuenta de que sólo ahí está mi felicidad.

¿De qué sirve este reino, morada de dolor, si ya no podemos ver los pies de Lakshmana, Rama y Sita?
Si no tienes ropa, de nada te sirven todas las joyas del mundo; de nada sirve interesarte por Brama si en ti no hay desapego; un cuerpo enfermo no puede disfrutar de ningún placer; las oraciones y el Yoga sirven de poco sin devoción a Sri Hari.

Un cuerpo hermoso sin vida no sirve para nada, y todo lo que yo tengo no es nada sin el Señor de los Raghus.
Dadme permiso para ir donde está Rama; mi bien sólo está ahí.

Y si buscáis vuestro propio bien haciéndome rey sólo lo hacéis por la ignorancia nacida de vuestro afecto.
No os engañéis, esperando felicidad de un miserable como yo, hijo de Kaikeyi, de inteligencia pervertida, hostil hacia Rama y perdido en la vergüenza.

Escuchad, pues voy a deciros la verdad.
Sólo un hombre virtuoso debe ser coronado rey.
En cuanto me instaléis en el trono, la Tierra se hundirá en las profundidades más abismales.

¿Puede haber mayor pecador que yo, por cuya causa Sita y Rama han sido exiliados al bosque?
El rey envió a Rama al exilio, y luego él mismo ascendió al cielo.

Sin embargo, mi miserable ser, raíz de todo mal, está sentado tranquilamente y escucha todo impasible.
Aunque he encontrado el palacio sin Rama, he sobrevivido, objeto sagrado de amor, mi alma es como un ave rapaz y está hambrienta de tierras y diversiones.
No tengo palabras para describir la crueldad de mi corazón que se ha hecho famoso por sobrepasar la dureza del diamante.

El efecto es por lo general más duro que la causa, y yo no puedo ser culpado.
El trueno es más terrible y duro que el hueso de donde se origina, y el hierro más que la piedra.

Atada a este cuerpo nacido de Kaikeyi, mi vida miserable es muy desafortunada.
Si sigo amando la vida, a pesar de estar separado de mi amado hermano, todavía me queda mucho por ver y oír.
Kaikeyi ha mandado a Lakshmana, Rama y Sita al exilio y le ha hecho un favor a su esposo, enviándole a la morada de los inmortales. Ella misma ha causado su viudedad e infamia, y ha llenado a todos de dolor y aflicción; a mí me ha reservado felicidad, buena reputación y un reino hermoso, y así ha servido a los intereses de todos.
Ya no puedo esperar más; por si fuera poco, vosotros queréis proclamarme rey.

Ya que he venido a este mundo a través del vientre de Kaikeyi, no es del todo inapropiado para mí.
Dios mismo lo ha hecho todo por mí; ¿por qué, entonces, os empeñáis todos en ayudarme?

Si un hombre está poseído por un mal espíritu, tiene de lirios y ha sido picado por un escorpión, y se le da una copa de vino, ¿qué clase de remedio es ése?

Dios en su sabiduría me ha dado en este mundo todo lo que merezco siendo hijo de Kaikeyi.
Pero también me ha dado el honor de ser hijo del rey Dasaratha y hermano menor de Sri Rama.

Todos me pedís que acepte el trono y me decís que la orden del rey es buena para todos.
¿Cómo voy a responder a todos individualmente?
Que cada uno diga lo que le plazca. Pero decidme, ¿quién puede decir que lo hecho está bien?

Hay algún ser en esta creación, aparte de mí mismo, ¿que no ame a Sita y Rama como a su propia vida?
Lo más vano de todo os parece el mayor tesoro; esta es mi desgracia y no culpo a nadie por ello.
Estáis atrapados en la duda, bondad y afecto, y todo lo que decía está bien.

La madre de Sri Rama, Kausalya, es inocente de corazón y me ama en un grado supremo.
Al verme apenado, ha dicho todas esas cosas impulsada por un cariño natural.

Mi Guru Vasistha, como todo el mundo sabe, es un océano de sabiduría; el universo es como una ciruela en la palma de su mano. Incluso él está haciendo preparativos para mi coronación cuando el Destino es adverso, todos se vuelven hostiles.

Excepto Sri Rama y Sita, nadie en este mundo dirá que este plan no contó con mi aprobación.
Debo escuchar y soportar todo esto con ecuanimidad, pues dondequiera que hay agua, también debe haber barro.
No tiemblo al pensar que el mundo me llamará ruin, y el otro mundo tampoco me preocupa mucho.

Sólo hay una angustia terrible que aqueja mi corazón: que Sita y Rama pasen penalidades por mi culpa.
Lakshmana ha recogido el premio de su existencia, pues olvidándose de todo, ha fijado su mente en los pies de Sri Rama.
Y en cuanto a mí, nací para desterrar a Sri Rama; y me lamento en vano, pues soy un miserable.

Me inclino ante todos vosotros y os confieso mi terrible amargura.
A menos que contemple los pies de Sri Rama, la agonía de mi alma no desaparecerá.

No encuentro otro remedio. ¿Quién sino el Rey de los Raghus sabe lo que pasa en mi corazón?
Sólo hay una decisión en mi corazón: al amanecer iré a ver al Señor.
Aunque soy un vil ofensor y estoy en la raíz de todos los males, cuando el Señor me encuentre en actitud suplicante, perdonará todas mis faltas y derramará su preciosa gracia sobre mí.

El Señor de los Raghus es la encarnación de la bondad, mansedumbre, extrema inocencia, compasión y amor.
Sri Rama nunca insulta, ni siquiera a sus enemigos, así que a mí tampoco me despreciará, pues sólo soy un niño, un siervo, aunque le sea hostil.

Así pues, permitid que me vaya y bendecidme sabiendo que será por mi bien, ya que al escuchar mi súplica y reconocerme como su siervo, Sri Rama podrá volver a su capital.

Aunque he nacido de una madre cruel, y yo mismo soy culpable y orgulloso, tengo confianza en Sri Rama y sé que nunca me abandonará, pues sabe que soy suyo." [...]
Mientras Bharata y el resto de la corte del rey Dasaratha buscan a Sri Rama por los bosques, el sabio Bharadwaja le dice:
[...] " Escucha, ¡Bharata! Ya lo sé todo; pero nosotros no podemos controlar el curso del Destino.
No estés triste por lo que ha hecho tu madre. No es culpa de Kaikeyi, hijo querido.
Fue la diosa del lenguaje la que confundió su mente.

Nadie lo aprobaría, aunque yo lo dijera, pues los sabios reconocen la opinión del mundo y el juicio de los Vedas. Sin embargo, al cantar tu gloria inmaculada, tanto el mundo como los Vedas serán exaltados.
Todo el mundo dice que de entre los hijos de mi rey, consigue el trono aquél a quien su padre se lo concede.
El rey, que por encima de todo era fiel a su promesa, te hubiera llamado y te hubiera concedido el trono, y esto le hubiera dado alegría, méritos y gloria.

Pero la raíz de todos los males fue el exilio de Rama al bosque, y el universo entero sufrió al saberlo.
Sin embargo, fue deseo del destino, y la malvada reina Kaikeyi se arrepiente ahora de lo que hizo.
Pero el que te atribuya la menor culpa a ti es vil, ignorante y malvado.
Aunque aceptaras la soberanía no tendrías culpa alguna y hasta Rama se alegraría de ello. [...]
Sri Rama se encuentra con Bharata:
[...] Sri Rama, el Señor todo misericordioso y omnisciente, les encontró a todos llenos de gran inquietud, por ello, y viendo los deseos y conociendo los sentimientos que albergaban en sus corazones, Él y Su hermano menor se reunieron con todos ellos al mismo tiempo, liberándose así de su aflicción y de su terrible agonía.

Esto no fue una gran hazaña para Sri Rama: también el Sol proyectaría su reflejo en millones de jarras llenas de agua simultáneamente.
Todos los ciudadanos recibieron al jefe de los Nisadas con un corazón rebosante de amor y exaltaron su buena suerte.

Sri Rama encontró a todas Sus madres tan afligidas por el pesar como si fuesen una hilera de tiernas enredaderas que hubieran sido abatidas por las heladas.
En primer lugar saludó a Kaikeyi, y ablandó su mente con Su devoción y sincera disposición.
Se postró ante sus pies y a continuación le sorprendió atribuyéndole la culpa a la rueda del tiempo, al destino y a la Providencia.

El jefe de la estirpe de los Raghus saludó después a todas sus madres y las consoló dirigiéndose a ellas con estas palabras:
"Madre, el mundo está controlado por la voluntad de Dios; nadie debería por tanto ser culpado".

///

Declarando que la naturaleza del mundo es ilusoria, el señor de los sabios pronunció unas palabras sobre temas espirituales.
Anunció después que el rey había subido al cielo y el Señor de los Raghus quedó profundamente apenado al oírlo.
Al pensar que el rey había muerto por amor hacia Él, el más firme de los firmes se sintió muy conmovido.
Al oír las desagradables noticias, crueles como el rayo, Lakshmana, Sita y todas las reinas estallaron en lamentos.
Más aún, toda la asamblea quedó sumida en el dolor, como si el rey hubiera muerto aquel mismo día.

///

Dándose cuenta del justo proceder de los dos hermanos, así como de Sita, la malvada reina se arrepintió: Kaikeyi buscó ayuda en la Tierra y hasta en el mismo dios de la muerte, pero ni la Tierra le proporcionó un refugio en su seno, ni Dios le concedió la muerte.
Es bien sabido por la tradición popular al igual que por los Vedas y también los sabios lo declaran, que aquellos que son hostiles a Rama no encuentran descanso ni siquiera en el infierno.

///

Sri Rama y Su hermano menor Lakshmana, se despidieron de los sabios Kausika, Viswamitra, Vamadeva y Jabali, de los ciudadanos, de Sus propios parientes y fieles ministros con la debida cortesía y reverencia.
El gracioso Señor se despidió de hombres y mujeres de todos los rangos, alto, bajo e intermedio, con el debido honor.

Con sincero afecto, el Señor adoró los pies de la madre de Bharata, Kaikeyi, y la abrazó; y habiendo disipado toda su turbación y pena, la vio partir en un palanquín debidamente equipado para este propósito. [...]
Habiendo derrotado a Ravana y cumplido los 14 años en el exilio, Sri Rama regresa a Ayodhya:
[...] Kausalya y las otras madres corrieron a Su encuentro, igual que correría la vaca que ha parido recientemente al ver a su pequeño.
El Señor se encontraba con todas las madres mostrándoles un afecto sin límites y se dirigía a ellas con palabras dulcísimas.
De este modo se acababa para ellas la desgracia de estar separadas de Sri Rama, y se llenaban de un gozo y agradecimiento infinitos.
Sumitra abrazó a su Hijo Lakshmana recordando lo devoto que era de los pies de Sri Rama.

En cuanto a Kaikeyi, se sentía sumamente incómoda al abrazar a Sri Rama, pues ella había sido la promotora de su exilio.
Lakshmana también abrazó a todas las madres y se deleitaba recibiendo sus bendiciones.
Pero aunque se topaba con la mirada de Kaikeyi, una y otra vez, no podía olvidar el rencor que sentía por ella.

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Ahora el sol de la separación se había puesto y ante la presencia de la luna llena, Sri Rama, florecían de nuevo.
Había presagios favorables y los timbales sonaban en el cielo mientras el Señor de los Raghus se dirigía a su palacio después de bendecir a los hombres y mujeres de la ciudad con Su sola presencia.

Bhavani, continuó el Señor Shiva, el Señor se enteró de que Kaikeyi se sentía avergonzada y por ello se dirigió en primer lugar a su palacio. Después de consolarla y reconfortarla, Sri Hari marchó hacia su propio palacio.

Cuando el Todomisericordioso entró en él, cada hombre y mujer de la ciudad se sintió bendecido.
Vasistha, su preceptor, llamó a los brahmanes y les dijo:

"Hoy son favorables no sólo el día y la hora sino todos los demás factores.
Por ello, disponedlo todo para que Sri Ramachandra ocupe el trono real". [...]

Kaikeyi + Rey Dasaratha, hijo de Rey Aja y Desconocido. (Rey Dasaratha nació en Ayodhya.)