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Kalaketu, demonio

 

Vínculos de familia

Kalaketu, demonio

  Descripción:

Demonio que, tomando la forma de un oso primero y de un sacerdote después, engañó al rey Pratapabhanu.

El sabio Yajñavalkya dice a Bharadwaja:
[...] Escucha, oh sabio, una antigua y sagrada leyenda que Sambhu contó a Girija.

Había una ciudad llamada Kaikaya, famosa en todo el mundo. En ella gobernaba un rey llamado Satyaketu.
Era un hombre virtuoso, fuente de sabiduría política, digno, glorioso, amable y poderoso.
Tenía dos hijos, poseedores de todas las virtudes, y muy valerosos en la batalla.
El mayor de los dos, heredero del trono, se llamaba Pratapabhanu.
El otro era Arimardana, único en su fuerza.
Los dos hermanos se sentían muy unidos, y el cariño que se tenían estaba libre de toda mancha y vileza.

El rey dejó el trono al hijo mayor y se retiró al bosque en busca de la devoción a Sri Hari.

Cuando Pratapabhanu llegó a ser rey, se proclamó por todo el país.
El cuidaba de sus súbditos con la mayor atención según lo prescribían los Vedas, y en su reino no había ni una señal de pecado.

El primer ministro Dharmaruchi era descendiente de Sukra, y era tan fiel al rey como sabio.
Teniendo un consejero prudente y un hermano galante y poderoso, el rey era una encarnación de gloria y valentía en la guerra. Poseía un ejército inmenso de soldados de pie y a caballo, carros y elefantes. Tenía innumerables guerreros que luchaban siempre sin temor alguno. El rey se deleitaba al ver a su ejército y ordenaba que tocasen los timbales. Reunió una armada especial para conquistar el mundo, y esperando un día favorable, partió tocando los tambores. Luchó en varios lugares, y todos los reyes enemigos se arrodillaron ante su gran poder. En la fuerza de su brazo venció a las siete regiones de la Tierra y todos los príncipes le rindieron tributo. Pratapabhanu era ahora el señor indiscutible de la Tierra entera.

Tras subyugar a todo el universo con el poder de su brazo, el rey volvió a su capital. Y se dedicó a los placeres de la riqueza, a las prácticas religiosas y a disfrutar de los sentidos a su debido tiempo.

Renovada por el poder del rey Pratapabhanu, la Tierra parecía una fértil vaca que producía las cosas más codiciadas.
La gente era feliz y no conocía el dolor, y hombres y mujeres eran bellos y virtuosos.

El ministro Dharmaruchi estaba entregado a los pies de Sri Hari, y cada día aconsejaba a su rey sobre los asuntos del estado.
El rey servía a todos sin excepción: maestros, dioses, santos, manes y brahmanes. El realizaba con alegría y devoción todos los deberes prescritos en los Vedas. Cada día ofrecía regalos de todo tipo y escuchaba las escrituras incluyendo los Vedas y Puranas.
En todos los santos lugares construía cantidad de fuentes y estanques, jardines de flores y hermosas arboledas, moradas para los brahmanes y templos de formas maravillosas.

El rey realizaba mil veces todos los sacrificios de los que se habla en los Vedas y Puranas.
En su corazón no buscaba ninguna recompensa; el rey era un hombre de gran inteligencia y sabiduría.
Todos los buenos actos que realizaba de pensamiento, palabra u obra se los ofrecía al Señor Vasudeva.

Provisto de todo un equipo de caza, un día el rey montó un veloz corcel y penetrando en el denso bosque de Vindhya, mató muchos ciervos sagrados.
Mientras iba por el bosque, divisó un jabalí salvaje. Parecía como si el mismo demonio Rahu se hubiera escondido en el bosque con la Luna en su boca. El orbe era demasiado vasto para caber en la boca, pero en su furia no lo soltaba. Así era la belleza de los terribles colmillos del jabalí, y su cuerpo era también de un tamaño enorme. Rugiendo tras los pasos del caballo y aguzando el oído mostraba una mirada de asombro.

Al ver al enorme jabalí, que parecía el pico azulado de una montaña, el rey dio un latigazo al caballo y avanzó con rapidez, retando al mismo tiempo al jabalí y diciéndole que no podría escapar.
Al ver que el caballo se acercaba con gran estrépito, el jabalí huyó veloz como el viento.
El rey preparó las flechas y el arco, y el jabalí se agachó al verlo. El rey lanzó las flechas apuntando cada vez a un lugar determinado, pero el jabalí las esquivaba con astucia. El animal seguía corriendo, escondiéndose y volviendo a aparecer de nuevo, y el rey le seguía la pista de cerca.

El jabalí se metió en una maleza muy densa, que ningún caballo o elefante podía penetrar.
Aunque el rey se hallaba completamente solo y debía enfrentarse con grandes pruebas en el bosque, no quería abandonar su persecución.
Viendo al rey tan decidido, el jabalí se metió en una cueva muy profunda.
Cuando el rey se dio cuenta que no podía entrar allí, tuvo que volver muy decepcionado, y lo que fue peor, se perdió en medio del bosque.

Exhausto por tanto esfuerzo, y acosado por el hambre y la sed, el rey y su caballo buscaban un río o lago y casi se desmayaban.
Vagando por el bosque, vio a lo lejos una ermita.
Allí vivía vestido de ermitaño un monarca que había sido despojado de su reino por Pratapabhanu y que se había ido del campo de batalla, abandonando a su ejército. Sabiendo que el momento le era muy propicio a Pratapabhanu y muy poco favorable para él, se sintió muy descorazonado y no quiso volver a su hogar. Además, era demasiado orgulloso para llegar a un trato con el vencedor.
Olvidando la ira de su corazón, el exrey vivía en el bosque como un pobre y llevaba la vestimenta de un anacoreta.

El rey Pratapabhanu acudió a él, y éste inmediatamente reconoció que el visitante era Pratapabhanu.
Sin embargo, el rey, vencido por la sed, no podía reconocer al exrey.

Al ver sus santas vestiduras, Pratapabhanu creyó que era un gran sabio y bajando de su caballo, le ofreció su obediencia.
El exrey, sin embargo, era demasiado astuto para revelar su nombre.
Al ver que el rey Pratapabhanu tenía sed, le enseñó un gran lago y el rey junto con su caballo se bañó y bebió de sus aguas con ansiedad.

Todo su cansancio había desaparecido, y el rey lanzó un suspiro de alivio.
El ermitaño le llevó a su morada, y como el Sol se estaba poniendo, le ofreció un asiento y le habló con amabilidad diciéndole:

"¿Quién eres y por qué pones en peligro tu vida vagando solo por el bosque siendo tan joven y hermoso?
Puedo ver en tu persona los signos de un emperador, y me siento conmovido".

"Escucha, gran sabio, hay un rey llamado Pratapabhanu: yo soy su ministro.
Quería entretenerme en el bosque y me he perdido, y ahora por una gran suerte he llegado a tu presencia.
El verte es un gran regalo para mí, me hace creer que algo bueno está a punto de sucederme."

El ermitaño dijo:
"Está anocheciendo, hijo mío, y tu ciudad está a quinientas sesenta millas.
Escucha, amigo, la noche es oscura y temible, y el bosque es denso y no tiene caminos; por eso, pasa aquí la noche y prosigue mañana tu camino."

Tulsidas dice que todo lo inevitable va precedido de circunstancias favorables para que suceda.
O viene al hombre, o le lleva a la razón de su perdición.

"Muy bien, mi señor", contestó el rey; y siguiendo la orden del ermitaño, ató su caballo a un árbol y se sentó.
El rey le alababa y se postraba a sus pies, alegrándose de haberle encontrado. Luego le habló con palabras suaves y cariñosas:

"Mirándote como si fueras mi padre, me atrevo a dirigirme a ti.
Considérame como tu hijo y siervo, y dime, oh gran sabio, tu nombre completo".

Aunque el rey no le había reconocido, él había reconocido al rey.
Mientras que el corazón del rey era inocente, el ermitaño había sido un experto en grandes astucias.
Siendo su enemigo, y además un Ksatriya de sangre real, se decidió a cumplir su propósito usando su astucia.
Pensando en los placeres de ser rey, el enemigo del rey se había puesto triste, el fuego de los celos ardía en su corazón como un horno.
Al escuchar las palabras ingenuas de Pratapabhanu y acordarse del rencor que había alimentado contra él, el ermitaño se sintió contento.
Y le dirigió estas palabras, tan suaves como falsas y astutas:

"Ahora mi nombre es Bhikhari (mendigo), pues no tengo dinero ni hogar".

El rey contestó:
"Los que encierran sabiduría y carecen de orgullo como tú, siempre mantienen su realidad en secreto; aunque destacan en muchos aspectos, prefieren permanecer en harapos.
Por eso los santos y los Vedas proclaman que éstos son los más queridos por Sri Hari.
Los mendigos sin dinero ni hogar como tú llenan de duda hasta las mentes de Viranchi y Shiva, Quienquiera que seas, me postro a Tus pies; ten compasión de mí, mi señor".

Cuando el ermitaño vio el cariño puro del rey y su extraordinaria fe en él, quiso ganárselo de todas las formas posibles, y le habló con un cariño todavía mayor, diciéndole:

"Escucha, oh rey; he vivido aquí mucho tiempo.
Hasta ahora nadie ha venido a mí, y yo tampoco me doy a conocer a nadie, pues la popularidad es como un fuego devastador que consume el bosque de la penitencia".

Tulsidas dice que hasta los hombres inteligentes son engañados por las apariencias hermosas. Mira al bello pavo real: aunque sus notas son dulces como el néctar, devora a las serpientes.

Por eso yo me he apartado de la mirada de los hombres.
No tengo nada que ver con otra cosa que no sea Sri Hari.
El Señor lo sabe todo, antes de que se le diga; dime, pues, qué hay que ganar complaciendo al mundo.
Tú eres sincero e inteligente, y por eso eres muy querido para mí; y yo también he ganado tu cariño y tu confianza.
Y si te ocultase algo, incurriría en lo peor de las culpas."

Cuanto más hablaba el ermitaño de su indiferencia ante el mundo, más confianza nacía en el rey.
Cuando el falso anacoreta vio que el rey estaba entregado a él en pensamiento, palabra y obra, le dijo:

"Hermano, mi nombre es Ekatanu".

Al oírle, el rey se postró y pidió: "Por favor, explícame el significado de este nombre, ya que soy tu fiel sirviente".

"Mi nacimiento tuvo lugar al principio de la creación.
Desde entonces nunca he tomado otro cuerpo. Por esta razón me llamo Ekatanu,
No te asombres, hijo mío, de oír esto; pues mediante la penitencia todo se puede conseguir.
Gracias a la penitencia Brahma crea el universo, y Vishnu lo protege.
Por la penitencia Sambhu destruye el mundo. No hay nada en este mundo que no se pueda conseguir con la penitencia."

Al oír esto, el rey se sintió embelesado y el ermitaño comenzó a narrar viejas leyendas.
Habiendo hablado del Karma y Dharma, y tras contar muchas leyendas, el ermitaño le instruyó sobre el desapego y el conocimiento. Y luego le relató con detalle maravillosas historias sobre la creación, sostenimiento y destrucción del universo.

Oyendo todas estas cosas, el rey se entregó completamente a la influencia del ermitaño y luego se decidió a decirle su verdadero nombre.

El ermitaño dijo:
"Oh rey, yo te conozco.
Aunque trataste de engañarme, aprecio este detalle que has tenido.
Oh rey, la ley dice que los reyes no deberían revelar su nombre en todas las ocasiones. Y cuando pensé en tu sagacidad política, sentí gran amor por ti.
Tu nombre es Pratapabhanu; el rey Satyaketu era tu padre.
Por la gracia de mi maestro, yo lo sé todo; pero para evitarme daños, no digo todo lo que sé.
Cuando vi tu natural espontaneidad, tu cariño, tu fe y tu sabiduría política, nació en mí un gran afecto por ti; por eso te conté mi historia cuando me lo pediste.
Ahora estoy satisfecho; no dudes y pide lo que quieras."

Al oír estas palabras tan agradables, el rey se regocijó, y agarrando los pies del ermitaño, le suplicó una y otra vez.

"Oh bondadoso sabio, sólo con verte tengo a mi alcance los cuatro fines de la existencia humana.
Pero viendo que mi señor es tan compasivo, deseo pedir un favor que es imposible de conseguir por otros medios, y así podré superar el sufrimiento.
Haz que mi cuerpo no conozca la vejez, la muerte y el sufrimiento; haz que nadie me venza en la guerra y que disfrute de poder absoluto sobre la Tierra durante cien Kalpas, y haz que no tenga enemigos,"

El anacoreta dijo:
"Así sea, oh rey.
Pero escucha, hay una objeción.
La misma suerte se rendirá a tus pies (y todavía más los que están sujetos a ella).
La única excepción será los brahmanes, oh rey, los brahmanes son eternamente poderosos gracias a sus penitencias, nadie puede escapar a su ira.
Si puedes hacer que ellos acepten tu voluntad, oh rey, incluso Brahma, Vishnu y el gran Señor Shiva estarán a tu servicio.
El poder no sirve de nada ante los brahmanes; con los brazos levantados al cielo, te digo esta verdad.
Escucha, oh soberano; si escapas a la maldición de los brahmanes, nunca perecerás".

Al escuchar sus palabras, el rey se regocijó y dijo:
"Mi señor, ya no moriré. Por tu gracia, bondadoso maestro, en todo momento seré bendecido".

"Amén!" dijo el falso anacoreta, y añadió con astucia: "Si le dices a alguien que has estado conmigo y que te has perdido, las consecuencias serán para ti.
Te prevengo, oh rey, porque si relatas este incidente un gran mal caerá sobre ti.
Si esta conversación llega a oídos de una tercera persona, estás condenado a la perdición.
Oh Pratapabhanu, si divulgas este secreto, o si un brahmán te maldice, estás acabado.
Si no, no morirás, aunque Sri Hari y Hara se enojen contigo."

"Es verdad, mi Señor", dijo el rey, cogiendo los pies del ermitaño. Dime, ¿quién puede evitar la ira de un brahmán o de un maestro espiritual?
El Guru puede salvar a uno aunque haya despertado la ira de Brahma; pero cuando se trata de tu propio maestro, nadie en el mundo puede salvarte.
Si no sigo tu consejo, haz que muera, no me importa. Mi mente sólo conoce un temor, mi señor, la maldición de un brahmán es algo terrible, podré vencer a los brahmanes? Dímelo, por favor. No tengo otro amigo más que tú, mi hermoso señor."

"Escucha, rey; existen varios recursos, pero son difíciles de llevar a cabo y además, el resultado es dudoso.
Hay un método muy simple, pero también encierra una dificultad.
Soy yo quien debe ponerlo en práctica, pero yo no puedo ir a tu ciudad.
Desde que nací, nunca he estado en ninguna casa ni pueblo. Y si yo no voy, será una desgracia para ti.
Así pues, me encuentro en un gran dilema."

Al oír esto, el rey contestó con suavidad:
"Mi señor, en los Vedas se dice que los grandes se muestran bondadosos con los pequeños. Las montañas siempre tienen pequeñas briznas de hierba en la cuna, el océano profundo lleva espuma que flota en la superficie y la Tierra lleva polvo en su seno".
Diciendo esto, el rey agarró los pies del ermitaño y dijo:
"Sé bondadoso conmigo, maestro. Tú eres santo, y compasivo con los humildes.
Por ello, mi señor, hazte cargo de esta situación".

Sabiendo que el rey estaba completamente bajo su influencia, el ermitaño, que sabía cómo engañar, dijo:

"Escucha, rey: te diré la verdad. Para mí, no hay nada en este mundo difícil de conseguir.
Haré realidad tu deseo, ya que estás tan entregado a mí en pensamiento, palabra y obra.
El poder del Yoga, la penitencia y las fórmulas místicas sólo dan resultado cuando esas cosas se mantienen en secreto.
Oh rey, si yo hago comida y tú la sirves, y nadie viene a conocerme, el que pruebe esa comida se rendirá a tus órdenes.
Quien coma en la casa de tales personas, estará dominado por tu voluntad.
Ve y pon en práctica este plan, oh rey, y haz este voto durante todo un año.
Invita cada día a un nuevo grupo de cien mil brahmanes y a sus familias; y yo, mientras dure ese voto, te daré lo necesario para el banquete diario.
Así, oh rey, con poco esfuerzo, todos los brahmanes abrazarán tu voluntad. Y a cambio, ofrecerán oblaciones en el fuego sagrado, harán grandes sacrificios y practicarán la adoración; y de ese modo, los dioses serán vencidos fácilmente.
Te daré otra señal. Nunca me presentaré en esta forma.
Por mi poder ilusorio, oh rey, me llevaré al sacerdote de tu familia, y dándole mi aspecto mediante la penitencia, le mantendré aquí durante ese año, mientras que yo, tomaré su forma y arreglaré todo a tu lado.
La noche está avanzada, así que sería mejor que te retiraras; al tercer día volveremos a vernos.
Por mi poder, os llevaré a ti y a tu caballo a casa, aunque estéis dormidos.
Apareceré de la forma que te he dicho, y tú me reconocerás cuando te llame y te recuerde todo esto."

El rey fue a dormir, obedeciendo al ermitaño, y el falso sabio volvió a su asiento, y permaneció allí.
Un sueño profundo invadió al monarca, pero el otro no podía dormir por tanta ansiedad como sentía.
Entonces apareció el demonio Kalaketu, que había tomado forma de jabalí y había hecho que el rey se perdiera.
Kalaketu era gran amigo del ermitaño y muy habilidoso en el engaño.
Tenían cien hijos y diez hermanos todos malvados, invencibles y enemigos de los dioses.
Viendo que los brahmanes, santos y dioses se hallaban irritados por ellos, el rey les había matado a todos en una batalla.
Recordando su motivo de vencer, el miserable conspiró con el ermitaño e ideó un plan para exterminar al enemigo, pero el rey no sabía nada de todo eso.

El enemigo en forma de espíritu, aunque esté solo, no se debe mirar con tranquilidad.
El demonio Rahu, que sólo posee su cabeza, puede atormentar al Sol y a la Luna hasta nuestros días.

El rey ermitaño se alegró de ver a su aliado, y se levantó para saludarle.
Se sintió muy satisfecho y le contó toda la historia del rey.

El demonio también estaba contento, y dijo "Escucha, rey, como has seguido mi consejo, ten confianza en que el enemigo ya ha sido derrotado. Deja de preocuparte y descansa. Dios ha curado sin usar ninguna medicina. Yo arrancaré la raíz y la rama del enemigo, y te veré en el cuarto día."

Tranquilizando así al rey-ermitaño, el irascible impostor, se marchó.
En un instante, trasladó a Pratapabhanu y a su caballo a palacio.
Puso al rey en la cama, al lado de la reina, y ató al caballo en el establo.
Se llevó al sacerdote de la familia real, y despojándole de sus sentidos por un poder sobrenatural, le dejó en una cueva.
Tomando la forma del sacerdote, el demonio fue y se echó en la suntuosa cama de aquél.

El rey se despertó antes del amanecer y se asombró mucho al encontrarse en casa.
Atribuyendo el milagro al poder sobrenatural del sabio se levantó rápidamente, sin que lo viera la reina.
Tomó un caballo y se fue al bosque sin que nadie de la ciudad lo supiera.

Al mediodía, el rey regresó; en todas las casas había regocijo y música.
Cuando el rey vio a su sacerdote, le miró asombrado reconociendo en él a aquel tan querido de su corazón.
Aquellos tres días se le hacían al rey tan largos como una Era, pues su mente estaba puesta a los pies del falso anacoreta.

En el momento oportuno, el sacerdote vino y le recordó detalladamente todo lo que habían acordado.
El rey se alegró al reconocer en él a su maestro; su mente estaba demasiado ofuscada para poder usar sus sentidos.
Inmediatamente invitó a cien mil brahmanes y a sus familias.

El sacerdote preparó cuatro clases de comidas de seis sabores diferentes, como aparece descrito en los Vedas.
Dispuso un banquete ilusorio y una incontable variedad de exquisitos platos.
Aderezando la carne de muchos animales, el malvado mezcló con ella la carne cocida de algunos brahmanes.

Entonces todos los brahmanes invitados fueron llamados para el banquete.
Se les lavaron los pies y se les asignaron sus lugares con respeto.
Cuando el rey comenzó a servir la comida, una falsa voz del cielo (del demonio Kalaketu mismo) dijo:

"Levantáos, brahmanes, y volved a vuestras casas.
No probéis esta comida, pues es muy dañina. Tiene carne de brahmanes".

Entonces todos los brahmanes se levantaron, creyendo en la voz celestial.

El rey perdió los nervios; su mente estaba perpleja, y no podía pronunciar palabra.

Entonces los brahmanes, llenos de ira y sin tener en cuenta las consecuencias, exclamaron:

"Rey malvado, ve y nace en forma de demonio tú y toda tu familia.
¡Oh, vil Ksatriya! Al invitar a los brahmanes, has querido destruirles junto con sus familias.
Pero Dios ha preservado nuestra santidad; tú y tu linaje pereceréis.
En el espacio de un año moriréis y en tu familia no quedará un alma que ofrezca agua a tu espíritu."

Al oír la maldición, el rey se llenó de temor.

Y de nuevo se oyó una voz del cielo:
"Oh santos brahmanes, habéis pronunciado esta maldición sin pensarlo debidamente; el rey no ha cometido crimen alguno".

Los brahmanes quedaron desconcertados al oír la voz.

El rey se apresuró a la cocina.
No había en ella comida, ni tampoco estaba el cocinero brahmán.
El rey volvió muy pensativo; contó toda la historia a los brahmanes y se arrojó al suelo, lleno de pavor.

"Aunque eres inocente, oh rey, hay cosas que suceden inevitablemente.
La maldición de un brahmán es algo terrible; no hay esfuerzo que pueda contrarrestarla."

Diciendo esto, los brahmanes se fueron.

Cuando la gente de la ciudad se enteró de lo sucedido, se quedó muy afectada y todos empezaron a culpar a la Providencia, que había convertido al cisne en cuervo.
Tras dejar al sacerdote en su casa, el demonio comunicó las noticias al ermitaño.
A su vez, éste envió cartas en todas direcciones y un ejército de príncipes se apresuró con sus tropas provistas para el combate y, golpeando los cimbales, sitiaron la ciudad.

Todos los días se libraban batallas. Todos los guerreros del rey luchaban valientemente y caían.
Y el rey pereció junto con su hermano. Ni uno de la familia de Satyaketu logró sobrevivir, la maldición de un brahmán nunca falla.

Tras vencer al enemigo, los jefes volvieron a sus propias ciudades enriquecidos con la victoria.

Escucha, oh Bharadwaja, para aquel que desagrada al cielo, una mota de polvo se vuelve tan grande como el Monte Meru, un padre parece más temible que Yama, y cada cuerda, una serpiente.

Oh sabio, con el tiempo, este rey junto con su familia nació como un demonio.
Tenía diez cabezas y veinte brazos. Se llamaba Ravana y era un héroe formidable.
El hermano menor del rey, Arimardana, se convirtió en el poderoso Kumbhakarna.
Su ministro, conocido por Dharmaruchi, se convirtió en el medio hermano de Ravana, llamado Vibhisana, conocido en todo el mundo como devoto de Vishnu y fuente de sabiduría.
Y los hijos y siervos del rey nacieron como un ejército de un fiero demonio.

Estos malvados podían tomar la forma que querían y pertenecían a varias órdenes.
Eran todos perversos, monstruosos y carentes de sentido, crueles, sangrientos y pecadores.
Eran un tormento indescriptible para toda la creación.

Y aunque nacieron dentro del linaje puro y santo del sabio Pulastya, por la maldición de los brahmanes eran todos encarnaciones del pecado. [...]