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Kumbhakarna (demonio)

 

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Kumbhakarna (demonio)

  

[...] Kumbhakarna comía vorazmente y consumía un gran número de cabras y búfalos por día. Permanecía despierto durante seis meses y dormía los otros seis. Los seres vivos obtenían gran alivio durante el período en que dormía. [...]
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[...] Cuando el monstruo de diez cabezas oyó estas noticias, totalmente desesperado se golpeaba la cabeza una y otra vez. Perplejo y resentido, llamó a Kumbhakarna, su hermano menor, a quien logró despertar usando todo tipo de recursos. Una vez despierto e incorporado, parecía la muerte en persona.

Kumbhakarna preguntó: "Dime, hermano, ¿por qué estás tan preocupado?"

El arrogante Ravana le contó toda la historia, hasta cómo había arrebatado a Sita. "Amado hermano, los monos han matado a todos los demonios y acabado con los más grandes guerreros. Durmukha, Devantaka, enemigo de los dioses, Narantaka, devorador de los hombres, el poderoso campeón Atikaya, de enormes proporciones, y Akampana, quien nunca tiembla de miedo, y otros héroes como Mahodara, el barrigudo, tan fiel en la lucha; todos ellos han caído en el campo de batalla,"

Al oír las palabras de su hermano, el monstruo de diez cabezas, Kumbhakarna se sintió muy afligido.

"Después de raptar a la madre del universo, necio, todavía esperas conseguir algo bueno.“No has actuado bien, rey de los demonios, y ahora, ¿por qué has venido y me has despertado? Si abandonas tu orgullo y adoras a Sri Rama, aún podrás ser bendecido. ¿Puede el Señor de los Raghus, oh Ravana, ser un mortal teniendo mensajeros como Hanuman? Ay! hermano, actuaste neciamente al no contarme antes esto. Te has enfrentado en una guerra con la Divinidad que tiene como sirvientes dioses como Siva y Viranchi, el Creador. Te confiaré el secreto que una vez el sabio Narada me comunicó; pero el tiempo ha pasado. Estréchame, hermano, con un fuerte abrazo, pues quizá mis ojos puedan ser bendecidos al ver al señor de tez morena y ojos de loto que siempre se acuerda de la agonía de sus devotos.”

Al recordar la belleza de Sri Rama y sus virtudes, se olvidó de sí mismo por un momento. Mientras tanto Ravana pidió que le trajesen millares de jarras llenas de vino y una manada de búfalos. Después de comer los búfalos y beber el vino, Kumbhakarna bramaba como un trueno. Muy borracho y lleno de un sentimiento belicoso, salió del fuerte sin ninguna tropa.

Cuando Vibhisana le vio, fue hacia él y cayó a sus pies pronunciando su nombre. Kumbhakarna levantó a su hermano menor y le abrazó; estaba complacido al saber que su hermano era un devoto de Sri Rama, el Señor de los Raghus.

Vibhisana le dijo: “Amado hermano, Ravana me arrojó a patadas cuando le avisé diciéndole lo que pensaba. Disgustado por semejante trato acudí a Sri Rama, y el corazón del Señor se abrió a mí cuando vio mi miseria.”

“Escucha, hijo mío, Ravana está en las garras de la muerte y no escucharía ningún consejo en estos momentos. Eres tres veces bendito, Vibhisana; has demostrado ser una joya de la raza de los demonios, Hermano, has traído la gloria a nuestra descendencia adorando a Sri Rama, océano de belleza y felicidad.
“Adora a Sri Rama, fiel en la batalla en pensamiento, palabra y obra. Ahora déjame, porque condenado como estoy a morir, no puedo distinguir entre amigo y enemigo”

Una vez oídas las palabras de su hermano Kumbhakarna , Vibhisana regresó junto a Sri Rama, joya de las tres esferas, y le dijo: “Mi Señor, aquí viene Kumbhakarna , quien posee un cuerpo tan grande como una montaña y es valiente en la batalla”.

Cuando los poderosos monos oyeron esto, avanzaron dando animados gritos. Rechinando los dientes, arrancaban árboles y montañas, lanzándolas contra Kumbhakarna. Oso y monos le arrojaban millares de picos de montañas incesantemente. Mas, como un elefante golpeado por las pipas de un girasol, no se sentía atemorizado, ni cedía en su posición, pese al esfuerzo de los monos por hacerle retroceder. Tras lo cual, Hanuman le golpeó con sus puños y cayó al suelo dándose un golpe en la cabeza. Levantándose de nuevo devolvió el golpe a Hanuman. Este último se volteó y cayó al suelo inmediatamente.
Después arrojó contra el suelo a Nala y Nila y derribó a los soldados por todas partes. Las huestes de los monos salieron en estampida, totalmente aterradas nadie osaba enfrentarse a él. Después de derribar a Angada y a los otros dirigentes monos, incluido Sugriva, Kumbhakarna, el de poder inmensurable, apretó al rey de los monos bajo su brazo y se fue.

Urna, continuó el Señor Siva, el Señor de los Raghus actuó como un ser humano al igual que Garuda se divertiría con serpientes. ¿Cómo si no aquel que destruye con el mero hecho de fruncir su ceño podría comprometerse con esperanza alguna en un conflicto como éste?
De este modo El extendería su fama, que no sólo santificaría a todo el mundo sino que además llevaría a través del océano de la existencia mundana a la gente que lo contara.

Entonces Hanuman volvió en sí, se levantó e inmediatamente comenzó a buscar a Sugriva. Entretanto Sugriva también se había recuperado de su desmayo y se había librado de la presión de Kumbhakarna , quien tomándole por muerto, le había soltado.

Kumbhakarna descubrió su fuga cuando de repente Sugriva le arrancó la nariz y las orejas de un mordisco alzándose rugiendo por el aire. El demonio agarró a Sugriva del pie arrojándole contra el suelo, Sugriva se incorporó como pudo y con extraordinaria agilidad, golpeó de nuevo a su adversario.

El poderoso héroe regresó entonces ante la presencia del Señor clamando: “!Gloria, toda la gloria del Señor todomisericordioso!”

Kumbhakarna se sintió desolado al ver que le habían quitado la nariz y orejas, y se enfureció mucho. Las huestes de los monos se aterrorizaron al ver al monstruo, que siendo ya temible por naturaleza, tenía un aspecto mucho más feroz al faltarle nariz y orejas.

Lanzando un grito de “Gloria, toda la gloria a la Joya de la raza de los Raghus!”, los monos corrieron hacia él y todos a una le arrojaron una descarga de rocas y árboles.

Enloquecido por la derrota, Kumbhakarna se lanzó contra el enemigo como si fuera la muerte misma, furioso y lleno de rabia. Capturaba y devoraba millares de monos, que parecían un enjambre de langostas entrando en la cueva de una montaña. Capturaba muchos millones, los golpeaba contra su cuerpo, y los pulverizaba entre las manos mezclándolos con el polvo de la tierra; multitud de osos y monos huían de su boca, ventanas de la nariz y orejas. Cegado por el frenesí de la batalla, el demonio se mantuvo en una actitud desafiante, como si el Creador hubiera puesto todo el universo a su disposición y él lo pudiera devorar. Todos los grandes guerreros huían del campo de batalla y no regresaban por ningún motivo. Ni siquiera podían ver con los ojos ni oír llamada alguna. Las huestes de demonios también avanzaban al enterarse de que Kumbhakarna había dispersado al ejército de los monos.

Sri Rama percibió toda clase de refuerzos enemigos que se acercaban. “Escuchad: Sugriva, Vibhisana y Laksmana; cuidad del ejército mientras yo pruebo la fuerza y el poder humanos de este infeliz.”

Tomando su famoso arco, conocido con el nombre de Sargna, y con el carcaj atado a la cintura, el Señor de los Raghus marchó hacia delante aniquilando las fuerzas del enemigo.

Primero, el Señor tensó el arco. El sonido era tan agudo que al oírlo, las huestes enemigas ensordecían. Entonces Sri Rama decidió lanzar cien mil flechas, rápidas como cobras aladas, que volaban en todas direcciones. Fieros guerreros demoníacos comenzaron a ser destruidos. Pies, pecho, cabezas y brazos les eran arrancados. Más de un héroe fue cortado en cien pedazos. Los heridos caían al suelo dando vueltas. De entre ellos, los héroes se levantaron y recobraron ánimos para unirse de nuevo a la batalla.
Y seguían retumbando como truenos a pesar de que las flechas los habían atravesado.

En un instante las flechas del Señor destruyeron las terribles huestes demoníacas, Luego, todas regresaron a su carcaj.

Cuando Kumbhakarna se enteró de que el ejército de demonios había sido eliminado en un instante, el formidable héroe, lleno de cólera, lanzó un rugido tan espantoso como el de un león. En su furia arrancaba montañas de cuajo y las lanzaba sobre destacamentos de poderosos monos.

El Señor vio venir las enormes montañas y con sus flechas las convirtió en polvo.

Una vez más, el Señor de los Raghus tensó la cuerda de su arco e indignado arrojó una descarga de sus terribles flechas. Estas entraban y atravesaban el cuerpo de Kumbhakarna como destellos de luz que desaparecieran en una nube. De su negra figura salía sangre a borbotones y parecía una mancha de rojo ocre disparándose desde una montaña de hollín. Osos y monos se lanzaban adelante; el monstruo se rió cuando los monos se le acercaron. Irrumpió en un terrible rugido capturando millones y millones de monos, arrojándolos al suelo como un enorme elefante, y jurando por su hermano, el monstruo de diez cabezas.

Huestes de osos y monos huyeron como rebaños de ovejas al ver al lobo. Monos y osos, oh Bhavani, regresaban con el rabo entre las piernas, y llorando decían con voz llena de dolor: “Como demonio hambriento nos amenaza con visitar esta tierra tomando la forma de huestes de monos. Por lo tanto, oh Rama, asesino de Khara, nube llena del agua de la compasión, aliviador de la agonía del que suplica, sálvanos, protégenos”.

Cuando el Señor oyó estas conmovedoras palabras se adelantó para encontrarse con el demonio, poniendo a punto su arco y flechas y, preparando su ejército más poderoso en la retaguardia, marchaba hacia adelante lleno de indignación.

Tensando la cuerda del arco, ajustó cien flechas en él, las cuales volaron y desaparecieron en el cuerpo del demonio. Aun atravesado por las flechas, el demonio corría encendido por la rabia; las montañas se tambaleaban y la tierra temblaba.

Arrancó una roca, pero la Gloria de la raza Raghu arrancó el brazo que la llevaba. Entonces él siguió corriendo con la roca en la mano izquierda, pero el Señor se la arrancó también, arrojándola contra el suelo. Así, desprovisto de brazos, el desdichado parecía el Monte Mandara sin sus alas. Lanzó una feroz mirada al Señor como si estuviera a punto de devorar las tres esferas.

Con el terrible alarido se abalanzó con la boca muy abierta. Siddhas y dioses en el cielo gritaban alarmados. Al escuchar la alarma de los dioses, el Todomisericordioso tensó la cuerda de su arco llevándosela hasta las orejas y obstruyó la boca del demonio con flechas, pero al ser tan poderoso, no cayó al suelo, y con la boca llena de flechas se lanzó como si fuese el carcaj viviente de la Muerte.

El Señor, lleno de cólera, le arrancó la cabeza con una afilada flecha. Aquélla cayó frente a su hermano Ravana, quien al verla se llenó de angustia. La tierra se hundía bajo el terrible peso del cuerpo sin cabeza que aún seguía moviéndose. Entonces el Señor lo cortó en dos. Ambos pedazos cayeron al suelo como un par de montañas arrojadas de los cielos, aplastando al caer monos, osos y demonios.

Su alma entró en la boca del Señor en forma de una masa de luz, asombrando a dioses y sabios. Los dioses tocaron los timbales con gran regocijo, alabaron al Señor y arrojaron sobre él flores en abundancia. [...]