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Meghananda

 

Vínculos de familia

Meghananda

   Otros nombres para Meghananda eran Ghananada y Indrajit.

  

[...] Por último, Meghanada puso en su arco la flecha conocida como Brahmastra, el arma dirigida por Brama, al mismo tiempo que Hanuman pensaba para sí: “Si no me someto a la misma arma de Brama, su gloria infinita será abatida por los vientos’’.
Meghanada lanzó la Brahmastra contra Hanuman, quien al caer aplastó a toda una hueste. Cuando vió al mono desfallecido, le ató la cola con un nudo de serpientes y se lo llevó. [...]
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[...] Meghanada, ante esto, exclamó con furia: “Mira los prodigios que voy a hacer en la próxima mañana. Es mucho lo que voy a llevar a cabo; así es que ¿por qué voy a disminuir su valor hablando ahora, de ello?” Al oír las palabras de su hijo, Ravana recobró su confianza y, orgulloso, lo acogió en su regazo.

Amaneció mientras ellos todavía hablaban y los monos asaltaron de nuevo las cuatro murallas. Llenos de furia pusieron sitio a tan poderosa ciudadela. Esto ocasionó una tumultuosa alarma en la ciudad. Los demonios se lanzaron con armas de todo tipo y derramaron picos de montañas desde los terraplenes.
Los demonios venían rugiendo como el estallido del trueno, lanzando picos de montañas a millares y disparando multitud de bombas, mientras que los guerreros contendientes rugían como las nubes en el día de la destrucción universal. Fieros guerreros monos combatían con sus adversarios con el cuerpo seriamente herido y terriblemente apaleado; sin embargo no desfallecían. Cogían rocas y las lanzaban contra la fortaleza, derribando a los demonios dondequiera que estuviesen.

Cuando Meghanada se enteró de que los monos habían venido y sitiado de nuevo la fortaleza, el héroe salió de ella corriendo con el retumbar de los tambores a encontrarse con el enemigo cara a cara: “Dónde están los dos hermanos, príncipes de Kosala, esos gloriosos arqueros que brillan del principio al fin de las esferas? ¿Dónde están los poderosos Nala, Nila, Dwivida y Sugriva, así como Angada y Hanuman? ¿Dónde está Vibhisana, traidor de su propio hermano? Los mataré hoy, y a Vibhisana también lo mataré”.

Y diciendo esto, colocó una flecha afilada en su arco y en un arrebato de furia se llevó la cuerda hasta la oreja. Al instante comenzó a lanzar montones de flechas que volaron como serpientes aladas. Por todas partes se veían monos cayendo al suelo; en ese momento no había nadie que se atreviera a enfrentarse a él. Osos y monos huían en todas direcciones. Nadie quería continuar la lucha. En todo el campo de batalla no quedaba ningún oso ni ningún mono a los que él hubiera dejado con algo más que su vida. A cada uno de sus contrincantes le lanzaba diez flechas y los monos guerreros caían al suelo.

Meghanada, que era tan poderoso como fiel en la lucha, rugía ahora como un león. Cuando el hijo del dios del viento vió su armada en peligro, voló encolerizado y se precipitó hacia delante como si fuera la muerte personificada.

En el acto arrancó una gran roca y la arrojó con gran furia a Meghanada . Cuando éste vio la roca venir hacia él, se desmontó en el aire, dejando su carro, carrero y caballo, perecer. Una y otra vez Hanuman le retó a un duelo, pero el demonio no se atrevió a acercarse porque conocía la fuerza real del mono. Entonces Meghanada se acercó a Sri Rama y le lanzó todo tipo de insultos.
Intentó alcanzarle con toda clase de armas y proyectiles, pero el Señor las despedazaba con gran facilidad antes de que llegaran hasta El.

El necio estaba desconcertado. Cuando vio el poder del Señor, empezó a practicar todo tipo de ingenios ilusorios como si estuviera agarrado a una pobre y pequeña serpiente; así trataba de asustar a Garuda y jugar con él.

El perverso demonio ostentó sus poderes demoníacos delante de Rama, cuya poderosa Maya controla el movimiento de todas las cosas: lo grande, lo pequeño, e incluso a Siva y a Viranchi, el Creador.

Alzándose en el aire hizo caer una lluvia de tizones, y de la tierra salían chorros de agua. Demonios de diversas formas bailaban y gritaban: “¡Desolación y muerte!” Entonces hizo caer montones de pus, sangre, pelo y huesos, y lanzaba cargas de piedras. Descargando polvo por todos lados lo oscureció todo tanto que si uno extendía su mano no la podía ver. Los monos se descontrolaron cuando vieron este fenómeno sobrenatural. “En este caso estamos perdidos”, pensaron.

Sri Rama sonrió cuando vio esta broma; al mismo tiempo comprendía que los monos estuvieran sobresaltados. Con una sola flecha rompió la tela de la ilusión, y el Sol apartó el enorme velo de oscuridad. El Señor echó una afable mirada a los monos y osos, que se sintieron demasiado fuertes para no continuar la lucha. Pidiendo permiso a Sri Rama y acompañados por Angada y otros jefes como Laksmana, marcharon valientemente hacia delante armados con arcos y flechas.

Con los ojos ensangrentados, amplio pecho y brazos largos, su forma ‘blanca brillaba al igual que lo hace el’ Himalaya cubierto de nieve con una ligera mezcla de rojo. Del otro lado el monstruo de diez cabezas envió a sus héroes, quienes se lanzaban equipados con misiles y todo tipo de armas. Con montañas, garras y árboles como armas, los monos se apresuraron a enfrentarse con los demonios, gritando: “Victoria a Rama’; todos se acercaban a la querella, igualmente ansiosos de vencer. Los monos, quienes tenían ahora el control, golpeaban a los demonios con sus puños y pies y les mordían con los dientes. Les golpeaban e insultaban, diciendo: “Mátale, mátale, detenedle, detenedle, detenedle, asesinadle, rómpele la cabeza, cógele el brazo y deshazlo”. Tantos eran los gritos que llenaban el aire en las nueve partes del globo. Cuerpos sin cabezas corrían furiosamente de un lado para otro. Las huestes celestiales desde el cielo eran testigos del espectáculo, con alegría y consternación a un tiempo. La sangre llenaba los huecos de la tierra y se secaba y las nubes de polvo colgaban como cenizas sobre montañas pequeñas de corazón ardiendo, Los soldados heridos brillaban tanto como muchos árboles Kimsuka en flor, Los dos héroes, Laksmana y Meghanada, se amarraban uno a otro, montados en cólera, Ninguno podía destruir lo mejor del otro.

El demonio sin embargo recurría a astutos trucos e injustas artimañas. Laksmana, quien no era otro que Ananta, el dios serpiente, Sesa, causante de la destrucción del universo, vio enardecida su furia y en el tercer intento aplastó el carro y destrozó a su conductor e pedazos. Sesa, Laksmana, le golpeaba de tantas formas que el demonio Meghanada casi estaba muerto.

El hijo de Ravana se dio cuenta de que estaba en una situación muy crítica y de que el enemigo seguramente acabaría con su vida.

Entonces lanzó una jabalina, muy eficaz para matar soldados, y de un golpe atravesó el pecho de Laksmana. El impacto fue tan certero que el príncipe desfalleció. Meghanada se acercó a él con gran temor. Un gran número de héroes tan poderosos como Meghanada, se esforzaban por levantarle pero, ¿cómo podía Sesa, preservador de toda la esfera, ser incorporado de este modo? Por ello regresaron afligidos y avergonzados. [...]
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[...] Al atardecer, los dos ejércitos contendientes se retiraron del campo de batalla. La lucha fue una prueba excesivamente dura hasta para el mejor de los guerreros, pero las huestes de monos se sintieron fortalecidas por la gracia de Sri Rama, igual que las llamas crecen cuando se las alimenta con paja. El frente de los demonios se iba debilitando día y noche, pues estaban exhaustos de tanto alabarse a sí mismos.

El monstruo de diez cabezas se lamentaba estrechando la cabeza de su hermano contra su pecho una y otra vez. Las mujeres lloraban y se golpeaban el pecho como prueba de su extraordinaria fuerza y majestad.

Meghanada, el hijo mayor de Ravana, vino y consoló a su padre contándole gran número de alentadoras historias. “Verás mi heroismo mañana; no necesito hacer ninguna declaración presuntuosa ahora. Aún no he tenido ocasión de mostrarte, querido padre, la fuerza que he. adquirido con el carro de mi amada divinidad.”

Mientras Meghanada continuaba hablando, amaneció y multitud de monos sitiaron las cuatro puertas de Lanka. A un lado alineaban los monos y osos, terribles como la muerte, mientras que al otro lado estaban los demonios igualmente fieros en la batalla. Cada héroe luchaba por la victoria de su bando; la batalla, oh Garuda, dice Kakabhusundi, sobrepasa toda descripción.

Montando en su carro, Meghanada ascendió por el aire, rugiendo con una terrible carcajada, que llenó de terror las huestes de los monos. Terrible como un rayo, lanzó una descarga de lanzas, piqueles, espadas y cimitarras, y también hachas, garrotes y piedras, y otros misiles y armas de todas las clases, haciendo, al mismo tiempo, llover flechas en abundancia. El cielo estaba densamente cubierto con flechas en todas partes, como si fueran la descarga de las nubes que caen torrencialmente en el mes de Bhadrapada, cuando la constelación Magha, décima entre las veintisiete Naksatras, está en el Ascendiente.

Los gritos de “Captúrale, captúrale, mátale, mátale!” se extendían en todas direcciones. Pero nadie sabía quién le estaba hiriendo. Arrancando rocas y árboles, los monos saltaban por los aires; pero no pudieron ver a Meghanada y regresaron afligidos y desilusionados.

Mientras tanto, por el poder de la ilusión Meghanada había convertido los escarpados valles, caminos y cuevas de montañas, en verdaderos almacenes de flechas. Los monos estaban confundidos y no sabían hacia dónde dirigirse. Se sentían desamparados como los Mandaras al ser aprisionados por Indra, El hijo del dios del viento, Angada, Nala, Nila y todos los demás poderosos héroes fueron completamente derrotados por él, que atacó de nuevo con sus flechas a Laksmana, Sugriva y Vibhisana, y atravesó sus cuerpos por completo. Después se enfrentó al mismo Señor de los Raghus. Las flechas se convertían en serpientes hasta cuando atravesaban el cuerpo de Sri Rama. El asesino de Khara, que no depende de nadie y es inmutable, se sentía oprimido por las serpientes enroscadas en su cuerpo, y como un actor que representa diversos papeles, el siempre y omnipotente Señor, para embellecer la batalla con Su gloria, sé dejó atrapar por las serpientes a pesar de la consternación de los dioses.

Girija, contjnuó el Señor Siva, ¿es posible que el Señor, que está en todas partes y cuyo nombre, al ser pronunciado, permite a los ermitaños cortar las ataduras de la existencia, pueda caer prisionero?
Los actos de Sri Rama cuando toma un cuerpo, Bhavani, no pueden ser lógicamente interpretados por el poder de la razón o las palabras. Comprendiendo esto, aquellos que conocen la verdad sobre El y están llenos de calma, adoran a Sri Rama, descartando todas las especulaciones teológicas.

Después de confundir así a las huestes de monos, Ghananada, se descubrió y comenzó a proferir insultos. Jambavan dijo: “Quédate un rato más de pie, desgraciado!” Al oír esto, su cólera no tenía límite. “Idiota, te he perdonado en consideración a tu edad. Y todavía has tenido la audacia de retarme, criatura vil!” Diciendo esto, le arrojó su brillante tridente. Jambavan lo cogió como pudo y se lo lanzó, hiriéndole en el pecho tan bruscamente que el enemigo de los dioses se tambaleó y cayó al suelo. Una vez más, Jambavan, lleno de furia, agarró a Meghanada por el aire y lo volteó, arrojándolo contra el suelo, y de esta forma le mostró su fuerza. Sin embargo, en virtud del don, concedido por el Creador, no murió por. todas sus matanzas, sino que Jambavan le agarró del pie y lo arrojó a Lanka.

Entonces el sabio celestial Narada envió a Garuda, que no tardó en llegar al lado de Sri Rama.
El rey de los pájaros capturó y devoró todas las serpientes creadas por el poder demoníaco de Meghanada. De esta manera el encantamiento fue disipado y todas las huestes de monos se regocijaron de nuevo. Armados con rocas, árboles, piedras y garras, los monos avanzaron con furia. Mientras tanto los demonios huían llenos de confusión y subían al fuerte.

Cuando Meghanada se recobró, se sintió muy avergonzado al ver a su padre frente a él. Rápidamente se trasladó a una cueva de la montaña y decidió hacer un sacrificio que le volviera invencible.

Vibhisana se acercó al Señor y le dijo: “Escucha, mi Señor de incomparable poder y generosidad: El perverso Meghanada, experto en crear ilusión y plagas que vienen del cielo, está haciendo un sacrificio profano. Si se le permite consumar el sacrificio no será conquistado fácilmente”.

El Señor de los Raghus se sintió agradado al oír esto y convocó a Angada y a muchos otros monos. “Id con Laksmana, hermanos, y destruid el sacrificio. Eres tú, Laksmana, quien debe matarle. Siento una gran pena al ver a los dioses tan atemorizados. Debes terminar con él por el poder de tu agudeza y fuerza; de una u otra forma, hermano, debemos acabar con el demonio. Jambavan, Sugriva y Vibhisana, manteneos a su lado con vuestro regimiento.”

Cuando el héroe de los Raghus terminó de dar sus órdenes, Laksmana se ciñó el carcaj a un lado y tensó su arco; recordando la gloria del Señor en su corazón, habló con una voz tan profunda como la del trueno, diciendo: “Si regreso hoy sin haber matado a Meghanada, no me volváis a llamar siervo de Sri Rama, Señor de los Raghus. Y es más, aunque vengan a ayudarle cien Sivas, le mataré en nombre de Rama, héroe del ejército de los Raghus”.

Inclinando la cabeza a los pies de Sri Rama, Laksmana, que era en realidad el Señor Ananta o Sesa, partió inmediatamente acompañado por héroes como Angada, Nila, Mainda, Nala y Hanuman.

Al llegar donde estaba Meghanada, los monos le encontraron agachado ofreciendo sacrificios cruentos y búfalos vivos al fuego del sacrificio. Los monos estropearon todo el sacrificio; pero, cuando el demonio se negó a moverse, comenzaron a aplaudirle irónicamente. Ni siquiera entonces se movió de su sitio; entonces los monos fueron y le agarraron del pelo y, dándole patadas uno detrás de otro, se marcharon. Meghanada se lanzó con el tridente en la mano, mientras los monos huían delante de él, dirigiéndose al hermano menor de Sri Rama, Laksmana, que iba a la cabeza del ejército.

Impulsado por una furia salvaje, Meghanada vino detrás lanzando terribles rugidos que no cesaban, El hijo del dios del viento y Angada aceleraron el paso llenos de indignación; pero él les golpeó en el pecho con el tridente y los tiró al suelo. Entonces lanzó su feroz tridente a Laksmana, pero Ananta lo detuvo con su flecha y lo partió en dos. Mientras tanto, el hijo del dios del viento y el Príncipe Angada se pusieron en pie de nuevo y le golpearon furiosamente, pero el demonio no recibió ningún daño. Cuando los héroes se dieron la vuelta pensado que no podrían matar al enemigo a pesar de sus esfuerzos éste se abalanzó sobre ellos con un terrible alarido. Cuando Laksmana le vio venir furioso como la misma muerte, disparó sus terribles flechas. El desgraciado, sin embargo, desapareció en el momento que vio venir la flecha hacia él. Se defendía luchando de formas distintas, manifestándose unas veces y otras desapareciendo.

Los monos estaban llenos de espanto creyendo que el enemigo no podía ser vencido. Entonces Laksmana, señor de las serpientes, montó en una cólera violenta. Se hizo el firme propósito de deshacerse del demonio y pensó para sí: “Ya basta de jugar con este miserable”. Recordando el poder de Sri Rama, Laksmana, en actitud desafiante, ajustó una flecha en el arco y la disparó tan derecha que alcanzó a Meghanada de lleno en el pecho y el demonio abandonó todas las falsas apariencias en el momento de su muerte.

Dejó su cuerpo con las palabras: “¿Dónde está el hermano menor de Rama, Laksmana?”“¿Dónde está Rama?” en los labios.

“¡Bendita en verdad es tu madre!” exclamaron al oírle Angada y Hanuman.

Hanuman lo levantó sin ningún esfuerzo y, después de dejarlo en la puerta principal de Lanka, regresó.

Al enterarse de su muerte, los dioses al igual que los Gandharvas, aparecieron en los cielos montados en sus carros aéreos. Haciendo llover flores, tocaban sus tambores y cantaban la inmaculada gloria de Sri Rama, Señor de los Raghus, diciendo: “¡Gloria al Señor Ananta!
¡Gloria al preservador del Universo! Tú, oh Señor, has liberado a los dioses”. Habiendo cantado así sus glorias, los dioses y los Siddhas prosiguieron su camino; mientras tanto Laksmana llegó ante el Todomisericordioso.

En cuanto el monstruo de diez cabezas oyó la noticia de la muerte de su hijo, se cayó sin sentido al suelo, Mandodari lanzaba dolorosas lamentaciones, golpeándose el pecho y llorando. [...]